De pronto, poco a poco y luego a marchas forzadas, el nombre de Henrik Ibsen comenzó a pronunciarse en secreto. Una de sus primeras obras, “Los espectros”, había sido prohibida por la policía noruega en Christiania a finales de 1887. La trama, en la que una viuda le dedicaba su vida y sus bienes a una especie de fundación en honor de su marido, el capitán Alving, y luego confesaba que se la pasaba borracho, de mujer en mujer y de pleito en pleito, había sido considerada por los censores demasiado real, íntima, y por lo tanto, cruel. La “eclosión moderna” de la que había hablado el filósofo George Brandes cuatro años antes comenzaba a esparcirse por el norte de Europa, por y en las obras de Ibsen y de Strindberg y los libros de Friedrich Nietzsche.
“Los espectros” fueron representados casi que a puerta cerrada, en sótanos de subsuelos y salas con las paredes llenas de moho durante varios meses. El escándalo aumentó, igual que la curiosidad y el prestigio de aquel poeta, creador, escritor de obras teatro y de ensayos de casi 60 años, nacido en marzo de 1828 en Stockmanngarden y descendiente de la aristocracia naviera de Skien. “Mis padres eran miembros, por ambos lados, de las familias más respetadas de Skien”, escribiría tiempo después, y agregaría que él, sus ancestros, habían tenido desde el siglo XVI profundas relaciones con “prácticamente todas las familias patricias que entonces dominaban el lugar y sus alrededores”.
En 1889, por fin, “Los espectros” se volvió a presentar en los teatros más relevantes de la entonces Christiania, capital de Noruega, al tiempo con “El pato salvaje” y “Casa de muñecas”, dos de las obras más polémicas e íntimas de Ibsen. En Berlín, según el crítico alemán Franz Servaes, “Algunas personas, como si se sintieran destrozadas por dentro, no recuperaron la calma durante días. Vagaban por la ciudad y por el Tiergarten”. Aquellos eran y fueron los tiempos en los que se rompía todo a pedazos, como los describió el filósofo Hugo von Hofmannsthal. Ibsen se había empezado a romper desde la adolescencia, antes de viajar por Roma y Berlín, y de sus retazos surgieron sus textos. No tenía de dónde agarrarse y la vida era una nada a la que tampoco podía aferrarse.
En palabras de Rainer Maria Rilke, el mundo dramático de Ibsen era una permanente búsqueda de “correlatos visibles de lo visto interiormente”. Que era alcohólico, dijeron. Que jamás encontró un lugar en el que se sintiera seguro, comentaron. Ibsen profundizó en el tema de la libertad real del ser humano y en la ironía de sus enfrentamientos con las instituciones, que a la vez eran necesarias. Habló del papel de la mujer y de las mujeres de papel, de la ciencia y lo improbable, de la industria y el ruido el trabajo, de las comunicaciones, de la falsedad, y englobó todo aquello y más en aparentes realidades que siempre terminaban por escapársele de las manos.