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Los mil y un rechazos de “El conjuro de los necios”

Fernando Araújo Vélez

15 de marzo de 2026 - 10:00 a. m.

Serían las cinco de la tarde de un viernes cualquiera del año de 1968, cuando una mujer llamada Thelma Ducoing Toole botó al piso de su estudio en su casa de Nueva Orleáns los cientos de cientos de legajos en los que había ordenado miles de decenas de poemas de Henry David Thoreau, Walt Whitman, Ralph Waldo Emerson, William Shakespeare, Milton, Byron, y un extenso reguero de otros escritores, y los pisoteó hasta romperlos. Lloró sobre ellos y se rio de su ingenuidad, y entre lágrimas y carcajadas tomó la irreversible decisión de abandonar sus clases de declamación. Ya no estaba de moda declamar, dijo, sentenció años más tarde. No estaban de moda las rimas ni la retórica ni las metáforas ni los sonetos. Los pocos alumnos que le quedaban eran dos señores de setenta y tantos años que no tenían ni un céntimo para pagarle.

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Diez años más tarde volvió a declamar en honor de su hijo, John Kennedy Tool, quien el 26 de marzo del 69 se había detenido cerca de Biloxi, sobre la costa del golfo de México, y había conectado una manguera que iba desde el asiento de atrás de su automóvil hasta al tubo de escape, encendiendo el motor y cerrando las ventanas para que la vida se le extinguiera. Al final de su recital, leyó algunos apartes de la novela que Keneddy Toole había escrito durante sus dos años de servicio militar en Puerto Rico a comienzos de los 60, y que una y otra y otra vez había llevado a distintas editoriales para que se la publicaran. “La conjura de los necios”, escribió W. Kenneth Holditch a finales de los 80, era “una novela tumultuosa y picaresca acerca de su Nueva Orleáns, una ciudad singular por su carácter multiforme, más mediterránea que americana, con un ambiente más latino que propio del sur de los Estados Unidos”.

La señora Ducoing Toole había hallado el manuscrito de “La conjura de los necios” entre los amarillentos y muy arrugados papeles de su hijo, y se propuso ir hasta donde fuera y pudiera con el texto de su hijo para que lo publicaran. Gracias, ya le avisaremos. Más tarde le diremos. No tenemos espacio para una novela así. Muy agradecidos, de todos modos, las puertas acá seguirán abiertas. Coleccionó excusas de cajón y por momentos se sintió parte de la vida del personaje de la historia de su hijo, Ignatius J. Reilly, que también iba por la vida buscando un trabajo en algún lado donde le dijeran que sí, pero que sólo escuchaba excusas de protocolo. “Cada vez que me la devolvían, era como si me muriese un poco”. En 1976, tocó a la puerta del escritor Walker Percy en la Universidad de Loyola, le puso el manuscrito enfrente y le dijo, como si declamara, “Es una obra maestra”.

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Aunque Percy la dejó a un lado por unas semanas, cuando la comenzó a leer ya no se detuvo más. En el 80, la editorial de la Universidad de Lousiana la publicó. Después llegaron otras publicaciones, y traducciones, y premios, lanzamientos, reseñas, ensayos. La señora Ducoing Toole viajaba de un lado hacia el otro para hablar de la novela y de su hijo. Y declamaba, y leía párrafos del Conjuro, y en ocasiones, hasta tocaba un piano, y siempre repetía que si ella “seguía en el mundo, era por su hijo”.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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