Un poema llevó a Ósip Mandelstam al destierro y a la muerte, y otro, a Anna Ajmátova a convertirse en la voz del pueblo ruso perseguido, humillado y asesinado por el régimen de Joseph Stalin en los años 30 del siglo pasado. El de Mandelstam no necesitaba nombrar al dictador. Todos los que lo leían y lo repetían casi de memoria, sabían que se lo había escrito a él. “Sus gruesos dedos son grasos, cual gusanos”, decía uno de sus versos. “Lo rodea una chusma de jefes catrines, / juega y se sirve de gente mediocre. / Quién silba, quién maúlla, quién gimotea, / Sólo él puede golpear y empujar, / Como un capataz da una orden tras otra / Ya sea en la ingle, en la frente, / en las cejas, en los ojos. / Él puede matar y a la vez ser dulce, / Es un georgiano de gran corazón”, escribió al final.
A comienzos de los 30, ante la desaparición de centenares de escritores, Mandelstam había dicho que la poesía solo era respetada en Rusia. “En ningún otro lugar matan a tanta gente por ella”. A él lo fueron a buscar a su casa de Moscú en 1934. La Policía Secreta reventó puertas, arrasó con los estantes de sus libros y con los borradores de los poemas que no había querido quemar, y se lo llevó a rastras. Lo interrogó una y otra vez, sin que mostrara un ápice de arrepentimiento por su poema. Incluso, según versiones de versiones, le relató a sus captores cuándo y dónde y cómo lo había escrito. Stalin había dado la orden de que lo aislaran, pero que lo preservaran. Como escribió Orlando Figes en “El baile de Natacha”, “a esas alturas, el poeta representaba un riesgo mayor muerto que vivo”.
Tiempo atrás, Nikolái Bujarin, quien acabó fusilado en 1938 y era uno de los bolcheviques más respetados por el pueblo, había intentado interceder por el poeta diciéndole, casi que advirtiéndole a Stalin que los poetas siempre tenían la razón, “la historia está de su lado”. De alguna manera, la historia estuvo y siguió estando del lado de Mandelstam, como del lado de Anna Ajmátova, su amiga desde siempre, su confidente, humillada y ofendida, y obligada por un año y medio a hacer largas colas en la cárcel de Leningrado para llevarle a su hijo, Lev, una carta, un pan o un libro. Lev, Lev Gumilev, había leído en público los versos de Mandelstam, y aquello fue suficiente para que lo arrestaran y torturaran dos veces. En el fondo, buscaban silenciar a su madre, eterna sospechosa, a la que intentaban callar de cualquier modo.
En una de las tantas tardes de fila en las afueras de la prisión de Kresty, Ajmátova fue reconocida por la madre de otro torturado. “Entonces -escribió muchos años más tarde- una mujer de labios azules que estaba tras de mí, quien, por supuesto, nunca había oído mi nombre, despertó del aturdimiento en que estábamos y me preguntó al oído (allí todas hablábamos en voz muy baja): ‘Y esto, ¿puede describirlo?’. Y yo dije: Puedo. Entonces algo parecido a una sonrisa asomó por lo que antes había sido su rostro”. Ese fue el prefacio de Réquiem, “la boca por la que gritan cien millones”, como decía una de sus frases.