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Los viajes del desamor

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Fernando Araújo Vélez
11 de enero de 2009 - 03:00 a. m.
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Por una extraña razón que ella terminó por atribuirle a su signo del Zodiaco, al ascendente, o a dos limones que un día encontró bajo la mesa de centro de su sala, sus tiempos de vacaciones solían llegar dos o tres semanas después de que hubiera conocido al hombre de su vida.

Por eso no le quedaba más remedio que invitarlo a viajar con ella. Al primero lo convidó a Buenos Aires, pero en Buenos Aires, diría tiempo después, “los hombres lindos brotaban de todos lados, se aparecían cuando menos se les esperaba, y no había manera de ignorarlos”. A los dos días, el novio de turno la miró un poco molesto, y a los tres, le hizo el primero de sus reclamos, que fue el último pues la situación no tenía arreglo. No se hablaron más, o por lo menos no más de lo absolutamente necesario en un viaje que habían presupuestado para 20 días, con sus 20 noches y todas las horas de amargura contenidas. De vuelta, ya en el aeropuerto de Bogotá, se despidieron con simulada amabilidad. No se volvieron a ver.

Un año más tarde María decidió cambiar de rumbos. Organizó un recorrido por Venezuela con otro “hombre de su vida” para conocer, entre otros lugares, el Salto del Ángel, la última parada de un trayecto que se iniciaría con una especie de crucero por el río Orinoco en uno de aquellos vapores típicos de rueda gigante que había visto sólo en imágenes. Su película comenzó con treinta y tantos grados a la sombra, humedad, miles de millones de zancudos, un sol que no la dejaba ni respirar y su nuevo novio, a quien le entró pánico por la lejanía, el agua, los insectos, la patria, la madre, los cocodrilos y el mareo apenas dos horas después de zarpar. Ella tuvo que cuidarle sus miedos 14 días con sus noches, rodeada de mosquitos, la piel húmeda y la boca reseca de rabia. No fue hasta el Santo del Ángel, por supuesto. Su novio habría podido sufrir de males de altura. Lo dejó para siempre luego de un beso formal en la terminal de vuelos nacionales de El Dorado. Cuando lo vio alejarse murmuró: “Acá o allá, da igual, en el amor todos perdemos”.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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