Mi infancia fue un caballo rojizo de crin negra que me llevaba por caminos y riachuelos en las mañanas, y con el que a veces dormía a media tarde. Era rápido y fuerte, y relinchaba torciendo los ojos cuando me veía, o eso quise creer siempre.
Mi infancia fue ese caballo, al que los jornaleros bautizaron Mango Verde porque lo habían comprado con una cosecha de mangos, y fue jugar al Llanero solitario y a los indios y los vaqueros y hacer que se parara en dos patas y que brincara y resoplara. Mi infancia fue su amistad, hoy lo entiendo, y por su amistad jugué a ser él cuando tuvimos que alejarnos, porque yo estudiaba y debía seguir las normas de los humanos. Fui libre, leal e incansable porque él era libre, leal e incansable. Fui andariego, como él, y hasta resoplaba.
Cantaba “Este es el corrido del caballo blanco” y lloraba al imaginar que el caballo blanco del que hablaba Antonio Aguilar era Mango Verde, sobre todo cuando el caballo blanco tropezaba y parecía desfallecer en su camino: “Dicen que cojeaba de la pata izquierda, que llevaba todo el hocico sangrando”. Por las noches, como había que rezar, yo rezaba por él, y en un calendario iba tachando los días que faltaban para volver a verlo. Por las mañanas, en clase, mientras los profesores me bombardeaban con miles de conocimientos que debía aprender de memoria para repetirlos luego con puntos y comas por una calificación, yo dibujaba decenas de caballos de mil colores, y todos eran Mango Verde. Dibujándolos, soñaba con el día en que no hubiera más lecciones aprendidas de memoria ni más calificaciones ni horarios ni uniformes.
A fin de año, por fin, regresaba a él. Nuestros reencuentros eran mágicos, como si la distancia nunca nos hubiera separado. No había reclamos ni chismes ni quejas. En segundos éramos uno solo, y en minutos yo cantaba “A caballo vamos pa’l monte”; nos íbamos los dos pa´l monte y galopábamos al ritmo de la canción. Nos perdíamos por entre trochas y lagunas “borrando ignominias, miserias y hambres”, como cantaría Silvio Rodríguez varios años más tarde, y al final del día retornábamos a casa.
Una de esas noches llegaron ellos, unos hombres armados de maletines, con su tropa de camionetas, vestidos todos de corbata, y nos reunieron en un kiosko ubicado unos metros al frente de nuestra casa. El jefe sacó una libreta, buscó entre sus páginas y pronunció el nombre de mi padre y de mi hermano mayor. Les pidió-ordenó que dieran un paso al frente y luego, de la misma libreta, leyó varios nombres: Mariposa, La Gardenia, Javier, Azúcar y muchos otros más, y casi al final dijo Mango Verde. Cuando terminó con su lista, pasó otras hojas y leyó una especie de decreto según el cual el gobierno reclamaba las tierras, muebles e inmuebles en las que estaban, y a los semovientes citados. El señor no explicó nada más, y yo tampoco entendía. Con el tiempo, deduje que era una clase de expropiación en nombre de alguna de las tantas reformas de este país, pero ese día, esa casi noche, en realidad sólo me daba vueltas el nombre de Mango Verde. Su nombre, su imagen y los cientos de caminos que habíamos recorrido.
A las ocho, los señores se fueron. Yo corrí a buscar a Mango Verde, que estaba donde siempre, acostado como siempre. Lo vi respirar y me acosté casi encima de él. Lo abracé. Olí una y otra y otra vez su cuello, su frente, su crin. A la mañana siguiente me despertaron mi padre y mi hermano mayor. Que alistara mis cosas, que nos teníamos que ir, que me despidiera. Yo no quería desprenderme de Mango Verde, pero ellos me prometieron que volveríamos en dos días.