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Mi negación

Fernando Araújo Vélez

10 de octubre de 2009 - 12:32 a. m.

Debió ser una especie de pánico antiguo, infantil quizás, el que me llevó aquella tarde de abril a decirle a la señora de Bromberg que yo no era yo. Su inocente pregunta fue una puñalada, muy a pesar de su tono suave y su caldense acento señorial.

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Una puñalada, ácido, recuerdos tenebrosos, nombres difusos. Por eso le respondí que me llamaba Felipe Vélez. “Porque un día, cinco años atrás, vino un señor de la televisión para hacerle una nota a Jaime, una nota que salió muy bonita, pero después nadie volvió, como si el mundo se hubiera tragado a Jaime”, dijo la señora, tal vez sin escuchar mi respuesta. Entonces hizo una pausa. “¿Vélez, dijo usted?”. “Sí señora, Felipe Vélez”. “Ahhh, bueno, cómo no, acá lo espero para que entreviste a Jaime, ya no está tan lúcido, pero su historia, usted sabe, es única, sí, muy triste y única”.

El día de nuestra cita la señora de Bromberg lucía radiante. Mejor que antes. Cuando me abrió el portón de su casa, me miró de arriba abajo, como sorprendida, y no pudo dejar de soltarme un “pero usted es muy parecido a aquel otro que vino hace unos años, el de la televisión, Fernando... ¿Está seguro de que no es él?”. Le dije que estaba seguro, por supuesto. A esas alturas, y a pocos minutos de volver a entrevistar al señor Jaime Bromberg, uno de los pocos sobrevivientes de los campos de concentración de Auschwitz, no iba a arriesgarme. “Soy Felipe Vélez, señora, lo que ocurre es que aquel que vino antes es un primo lejano, por eso será que usted dice que nos parecemos”. “No sé, no sé, a mí me parecen exactos”.

Le cambié de tema. Le pregunté por sus hijos, por su marido, y ella me llevó a su lecho. Estaba conectado a una bombona de aire, pero lo veía todo y lo entendía todo. “Pero usted es el periodista que vino antes”, murmuró. “No, amor, es un primo”, le aclaró su señora. Yo recordé la antigua conversación. Las cámaras, las luces que se apagaban, la pila que hubo que cargar y, más que nada, al señor Bromberg, que irritado me decía “pregunte, pregunte, es que usted no pregunta”. De repente volví a sentir aquella vieja tensión y el miedo que me generó aquel hombre sufrido y neurótico con sus presiones. De repente supe por qué me negué a mí mismo.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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