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Mi primera vez en El Campín

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Fernando Araújo Vélez
18 de octubre de 2008 - 06:52 a. m.
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Había soñado días y noches con El Campín, y si se calló cientos de veces al oír las mil historias del estadio, sus leyendas y mitos, fue por no quedar como un vil ignorante.

Lo imaginó de mil colores, con sus cánticos y banderas, con la pasión recorriendo cada uno de sus pasillos y escalinatas, y fue uno de los primeros en llegar a la entrada de Occidental General el sábado feliz en el que por fin lo conocería. Ilusionado, aguardó por horas y horas la llegada de los dos amigos que lo llevarían a la fiesta inolvidable. Lo vieron ansioso, con su camiseta amarilla de Colombia impecable, conmovido por instantes, radiante, observador de todo y de todos, una grabadora humana que no se perdía imagen, gesto, paso o palabra.

Dos horas antes de que comenzara la función, el juego entre Colombia y Paraguay, apareció uno de sus amigos, viejo sabio en asuntos de fútbol, tribunas y emociones. ¿Y el otro? No, parece que no viene. Conversaron un par de minutos, los suficientes para decidir que el viejo sabio se iba para la tribuna a cuidar el puesto, mientras el ilusionado nuevo hincha intentaba revender la boleta que les había sobrado a cualquier precio, 50 mil pesos para unos tragos después del partido. Se despidieron. El Tuerto vio a su compinche perderse y empezó a ofrecer su boleta. De pronto lo vio todo oscuro. Un manotazo, dos garras de águila, un sinfín de gritos e insultos y un bolillazo lo sacaron de su ensoñación. ¿Su delito? Reventa. ¿Su pena? Por definir. Pero señor agente, yo... Usté nada, vamos, al camión, con los de su calaña.

Su primer día de fútbol en vivo transcurrió en la oscuridad de un camión antimotines, rodeado por delincuentes de todos los estilos y sabores que lo miraban con ganas de tragárselo y le gritaban cosas que él ni siquiera entendía. Rezó, suplicó, y apenas pudo saber del partido por un diminuto radio que alguien encendió por pura bondad de humano. Cuando se acabó el primer tiempo, logró por cinco mil pesos una llamada. Me detuvieron, venga por mí, le dijo a su amigo. Sólo alcanzó a escuchar que no, que no... Nadie pudo interceder por él. Lo dejaron a la sombra hasta las 12 de la noche, y después, a barrer y recoger basura. Con una bolsa negra que debió llenar de colillas y papeles y desperdicios conoció El Campín por dentro. Jamás lo olvidará.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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