Hubo un tiempo en el que Milan Kundera creía en el comunismo. Incluso, poco después del fin de la Segunda Guerra Mundial, se afilió al partido comunista de su país, Checoslovaquia, hasta que a mediados de 1950 algunos de sus miembros lo tacharon de tener “posiciones individualistas” y de realizar “actividades contra el partido”. Lo expulsaron sin escuchar lo que tenía por decir, pero todo aquello que no dijo en los 50 lo guardó, lo escribió, lo tachó, lo volvió a escribir, le añadió lo que percibió y vio de las promesas de aquel nuevo mundo, y en 1967 lo vomitó en su primera novela, “La Broma”. Allí, como Ludvik Jahn, el protagonista de la historia, le envió a una compañera de estudios universitarios una postal en la que decía “El optimismo es el opio del pueblo”.
El nombre de Jahn fue proscrito, y a él lo sacaron de la universidad, lo persiguieron, sus viejos amigos le negaron cualquier tipo de relación, y al final lo enviaron a trabajar en unas minas de carbón. Todo, en nombre de un ideal, decían, dijeron y algunos, hasta se lo creyeron. Por aquellos años, finales de los 60, estalló “La primavera de Praga”. Kundera se alió con los miles de miles de protestantes, y de alguna manera, se convirtió en uno de los referentes para los rebeldes, que se oponían al totalitarismo de los soviéticos, y en general, a todo estado totalitario. “La Broma” fue prohibida, quemada en algunas bibliotecas, y él, condenado por un tipo de traición que jamás logró comprender, más allá de que fuera consciente de que los totalitarismos no tenían espacio para los disidentes, para los que hacían y se hacían preguntas.
“El mundo totalitario, básese en Marx, en el Islam, o en cualquier otro fundamento, es un mundo de respuestas, en vez de preguntas. En él no tiene cabida la novela”, le dijo a Philip Roth en una entrevista que le concedió en 1980. Para Kundera, los tiempos soviéticos habían sido tiempos de delirios líricos colectivos, y pasados los años, todo el mundo rechazaba la noción de los gulags, como le dijo a Roth, pero se dejaba hipnotizar por la poesía totalitaria, que era uno de los orígenes de la represión. No había risas, más allá de la risa macabra de quienes impartían el horror. No había humor. “Yo era capaz de reconocer a las personas que no eran estalinistas, es decir, a los que no había que temer, por la forma en que sonrían”. Desde entonces, como añadió, vivió aterrorizado por la idea de un mundo que estaba perdiendo su sentido del humor.
En los 70, luego de haber subsistido por varios meses como pianista de jazz, Kundera se fue a París. Había perdido su nacionalidad, su pasado, pero comprendió en el exilio que vivir lejos de su país era una especie de bendición, una dicha, pues podía intentar entender el mundo desde otro ángulo. Hacerse más preguntas. En los 80, publicó “La insoportable levedad del ser” en francés, y una década más tarde escribió varias novelas, como “La lentitud”, “La ignorancia” y “La vida está en otra parte”. En cada una de sus obras, una y otra vez volvía a su Brno natal y a su Bohemia, aunque apenas se reconciliara con su patria en el 2022, cuando le concedieron el premio Franz Kafka. Recluido en su apartamento, silencioso, aislado, escribió en un ensayo: “Si el porvenir no representa un valor para mí, ¿a quién o a qué me siento ligado?: ¿a Dios? ¿a la patria? ¿al pueblo? ¿al individuo? Mi respuesta es tan ridícula como sincera: no me siento ligado a nada salvo a la desprestigiada herencia de Cervantes”.