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En sus tiempos libres y en las noches, el segundo teniente del Ejército Francés, Napoléon Bonaparte, solía escribir. A los 16 años, hizo un ensayo que tituló “Sobre el lujo en las escuelas militares”, basado en los años que llevaba como estudiante militar, cuando su apellido aún era Buonaparte. Comenzó en la academia a los nueve años, como lo relató Alejandro Dumas, hijo de Thomas-Alexandre Dumas, uno de los primeros generales de Bonaparte, y quien luego fue uno de sus adversarios. “Hoy, día 23 de abril de 1779, Napoleón de Buonaparte ha ingresado en la Real Escuela Militar de Brienne-le-Château, a la edad de nueve años, ocho meses y cinco días”, decía el certificado de ingreso. De Buonaparte era hosco, de mirar intimidante, piel cetrina, y muy pocas palabras. En los descansos, se retiraba a un jardín de la escuela para jugar a solas con unos guijarros que alineaba una y otra y otra vez, milímetro a milímetro, frente a otro tipo de artefactos.
“Cierto día -escribió Dumas-, uno de sus compañeros, curioso por saber lo que éste podía hacer solo en su jardín, escaló la barrera y le descubrió ocupado en alinear en disposiciones militares una infinidad de guijarros, cuyo volumen indicaba la graduación. Al oír el ruido que hizo el indiscreto, Buonaparte volvió la cabeza y sintiéndose espiado, intimó al escolar a retirarse; pero éste, en vez de obedecer, se burló del joven estratega, que poco dispuesto a sufrir bromas, cogió el guijarro más grande que pudo y lo arrojó a la cabeza del incauto bromista, infringiéndole una herida en la frente de bastante gravedad”. Pasados 25 años, aquel muchacho fue a hablarle. Como tantos otros viejos compañeros, se presentó y dijo que había estudiado con él. Napoleón le mandó a decir que necesitaba saber su nombre. El hombre lo dijo, pero Bonaparte hizo gesto de no recordarlo. Le mandó a preguntar si tenía otra característica.
El visitante se levantó un mechón de pelo y le mostró la antigua herida al lugarteniente de Napoleón. “Ahhhh, ya lo recuerdo, exclamó el emperador; ¡yo le arrojé a la cabeza un ‘general en jefe’”. Cuando logró matricularse en la Escuela Militar de París, a los 15 años, envió una queja-petición a las autoridades. Para Buonaparte, era excesivo el lujo con el que vivían sus compañeros, con sirvientes, comidas a su disposición y el lavado y planchado de sus ropas. Nada apropiado para un soldado. “Sometidos a una vida sobria y a la obligación de cuidar de sí mismos -escribió-, llegarían a ser más robustos, sabrían arrostrar la intemperie de las estaciones, soportar con valor las fatigas de la guerra e inspirar un respeto y una fidelidad ciegos a los soldados que estuvieran bajo sus órdenes”. Aquella fue la premisa sobre la que se basó para escribir su primer texto.
Luego, y según fueron pasando los años, escribió sobre liebres, perros y cazadores, sobre el suicidio, Córcega, los amantes y el amor, la república o la monarquía, y una novela de poco más de veinte páginas, “Clisson et Eugénie”, en la que narró su delirante y hasta suicida amor por y con Désirée-Euénie Clary. Como decía a menudo, en el amor y en la guerra, para acabar es necesario verse de cerca. Los manuscritos de su obra se dispersaron con el tiempo y terminaron en distintas ciudades, hasta que dos historiadores, Peter Hicks y Émilie Barthet, lograron armar el rompecabezas y la editorial Fayard la publicó en el año 2007.
