Fue un viernes en la tarde, un viernes frío y lluvioso, cuando le informaron que su jefe deseaba verla. Ella iba de salida. Ya había apagado su computador. Su novio la aguardaba en el café de la esquina.
Presurosa, le pidió que la esperara un par de minutos más, que en la realidad fueron 50, y temerosa, tocó con suavidad a la puerta de su jefe, el presidente de una encumbrada petrolera. Él le ofreció un sillón y un whisky y le preguntó si le molestaría que se fumara un cigarrillo. Ella le respondió que le aceptaba un vaso de agua y que fumara, por supuesto, que fumara todo lo que quisiera. Los dos callaron. Se miraron a los ojos con disimulo y con nervios. Por fin, recostado contra su escritorio, el hombre le informó sobre su siguiente misión. Simplemente eso, le informó. No hubo motivos, razones, justificaciones, preámbulos ni instrucciones.
Ella quiso preguntar, pero su jefe le dijo que por seguridad era preferible que no supiera nada más. Cuando retornó a su lugar de trabajo encontró un sobre blanco encima de su teclado. Lo abrió con delicadeza y extrajo tres hojas, sus instrucciones. Las leyó con sumo cuidado, intentando memorizarlas. Sin embargo, las emociones la desbordaban. Sus manos temblaban, su cabeza volaba, sus recuerdos la atropellaban. Se llenó de dudas. ¿Por qué ella? ¿Por qué una misión tan absurda? ¿Por qué este país? ¿Por qué la vida? ¿Por qué los ministros, el presidente, los generales y alcaldes se empeñaban en decirle-mentirle que Bogotá era más segura que Washington o Buenos Aires?
Antes de enloquecerse, decidió salir en busca de su novio para contarle todo lo que había ocurrido, pero las dos cuadras de camino la hicieron recapacitar. Era preferible no involucrar a nadie más. En una especie de flash recordó que en las películas no mentían cuando los agentes de uno u otro bando les negaban información a sus familias. “Que nadie sepa mi sufrir”, cantó. Luego le refirió a su novio una historia cualquiera. Que el jefe se iba de viaje, que necesitaba encargarle unas investigaciones, que requería de un tiempo sola para trabajar y bla bla bla. Al día siguiente, de acuerdo con las instrucciones, se instaló en la habitación número 202 de un hotel del centro. Debía esperar una llamada.
Pasaron una y dos y cinco horas y dos días y una semana y el teléfono no timbró, pero ella tenía que seguir allí, y ahí estuvo dos semanas, hasta que entró la llamada. ¿Aló?, dijo. ¿Es usted la encargada?, preguntó la voz al otro lado de la línea. Sí, respondió. No, no, con una mujer no vamos a negociar, dijo el tipo. Si no es conmigo, no es con nadie, contestó ella y tiró el teléfono, indignada. Diez minutos más tarde comprendió que su ira feminista no sólo le iba a costar el puesto en la petrolera, sino, posiblemente, la vida de tres seres humanos. Lloró. Se maldijo y maldijo a todas las feministas que en el mundo han sido y llamó a su novio así, anegada, desesperada, pese a que tenía prohibido buscarlo. Entonces un botones llamó a su puerta y le entregó un sobre. En él le decían que una mujer no debía tirar el teléfono, y le indicaban que fuera al café de Tal en la esquina Cual para evaluar la posibilidad de negociar con ella la liberación de los tres secuestrados.