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Supe de él por esas obsesiones infantiles de querer saber las razones de nuestro nombre. A mí me dijeron que el mío lo habían elegido por un tío lejano o algo así que se llamaba Fernando Vélez.
Luego descubrí que por ahí rondaba un primo, también lejano, que se llamaba igual y tenía el mismo apellido. Sólo lo vi dos veces en mi vida y muy desde la sombra. Yo tendría unos 10 años o menos. Luego todo fue ausencia. No volví a saber nada de él por más de 20 años, cuando una hermana me llamó por teléfono para felicitarme por mi nombramiento como nuevo ministro de Desarrollo. ¡¿Qué?!, pregunté. “Sí, sí, lo acabo de oír en las noticias, ¡qué alegría, qué honor, que...! Iba a seguir con su cantilena de elogios pero la corté con un seco ¡No soy yo, ¡NO SOY YO! Es el otro”. Cuando terminé mi desahogo ya la comunicación se había roto.
Mientras “el otro” fue ministro yo recibí algunas invitaciones a fiestas con personalidades muy encumbradas. “No señorita, no soy yo, se ha equivocado”, repetía ante cada petición de confirmación. “Por eso le digo, es una recepción en la embajada de Francia con el Presidente de la República”, me insistían. “Que yo me llamo igual pero no soy a quien usted busca, señorita”, explicaba yo. “Además, no tendría ni qué ponerme si quisiera ir”, concluía, imaginando un pesado silencio incrédulo al otro lado del teléfono. Un día cesaron las invitaciones. El ministro se vio envuelto en una serie de escándalos por unos terrenos. Renunció. A mí no me volvieron a llamar para festejos aristócratas.
Un año más tarde explotó la tragedia. Al ex ministro lo secuestraron en la Ciénaga de La Virgen. La noticia retumbó, se esparció por el mundo. Una amiga me llamó desde Argentina, nerviosa, llorosa. “¿Pero no era que te habían secuestrado?”, me preguntó. Luego me contó que cuando leyó los informes, lo que más la aterró fue la velocidad de las guerrillas colombianas, porque apenas una hora antes del secuestro había conversado conmigo. Pasados dos meses, en una reunión de trabajo, inocente, me le presenté a una señora con mi nombre y apellido. Ella me dio la mano como si no fuera parte de su cuerpo. Me miró. De repente se largó a llorar y se marchó. No la volví a ver nunca más, pero con el tiempo me dijeron que era la esposa del secuestrado.
Cuando se les escapó a sus captores, el ex ministro volvió a ser el protagonista esencial de las noticias, con imágenes en directo, sus palabras, la espera, las poses. Yo vi y viví cada segundo como lo vieron y vivieron millones. Por la noche, feliz por la libertad aunque un poco hastiado de tanto show mediático, llegué a mi casa para encontrarme con mi perro. El portero del edificio me entregó un inmenso ramo de flores con una tarjeta firmada por una señora del más alto abolengo. “Felicidades en la libertad”, decía. Los siguientes tres o cuatro días fueron una eterna sucesión de congratulaciones. Al final opté por responder que “gracias, gracias”. Era más sencillo y más rápido, como luego, también, fue más sencillo ignorar los comentarios insultantes que llegaban para mis notas: “Que uribista, que ladrón, que politicastro, que demagogo”.
Una semana atrás el carrusel de las confusiones volvió a girar. Una anónima mujer me deseó un Feliz Año y una feliz presidencia. “Gracias”, le respondí.
