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Noches de rockola

Fernando Araújo Vélez

11 de octubre de 2008 - 01:15 a. m.

La noche pintaba para unos tragos en cualquier bar que tuviera rockola. Era una noche para discos viejos, Nino Bravo, algún tango, recuerdos, vino y ron y cigarrillos, alguna servilleta blanca para inventar un remedo de verso, y la soledad sorbida en medio de voces, risas y preludios de amor.

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Imaginó cientos de diálogos que nunca tendría con nadie, millones de palabras que dijo para sí mismo y en un instante quedaron sepultadas para siempre porque en menos de dos minutos ya no las recordaría. Las nuevas empujarían hacia el ostracismo a las antiguas, y las antiguas se volverían nada. Buscó una vieja canción de Miguel Bosé, “Nada de ti, nada de mí, una risa sin aire soy yo, nada de nada...”. Tuvo que conformarse con “Siento tu mano tibia correr despacio sobre mi piel...”, pero esa tampoco la oyó. Había 154 turnos antes. Tal vez perdió el suyo cuando se quedó hablando con una mujer a solas, aquellas palabras que se fueron.

Pasó por cinco bares antes de entrar a uno sin letrero del que salían humo, la voz en acetato de Carlos Gardel, añejas proclamas izquierdistas y uno que otro incógnito barbudo de abrigo oscuro. Cuando pasó por la puerta de madera, sintió que todas las cabezas que había dentro se habían dado vuelta para observarlo detalle tras detalle, y para murmurar que él no hacía parte de esa cofradía, que no debía estar allí. Igual, se sentó en una silla vacía, sobre una esquina de la barra, y pidió un vaso de ron puro, esperando que allí sentado, medio a la sombra, pasara el momento del impacto. Todos terminaron por acostumbrarse a su ausente presencia.

Entonces fue él quien empezó a ver a todos aquellos personajes como a seres sin rostro, diluidos en sus  intentos por ser diferentes, escondidos detrás de sus fachas de poetas, músicos o revolucionarios, perdidos tras sus altas voces que citaban a Sartre o a Heggel, a Nietzsche o a Ciorán. Pensó que hasta para ser un “fracasado” se requería de cierta dignidad. El fracaso no era un asunto ni de todos ni para cualquiera, había que cultivarlo, y más allá de eso, asumirlo con  discreción. Se marchó después de tres vasos de ron y regresó a sus rockolas. Nino Bravo era menos presuntuoso.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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