Surgieron de cualquier lado y con cualquier pretexto, como casi siempre, investidos de autoridad por sus colores y uniformes, por sus botas negras eternamente brillantes.
Llevaban, arrastraban la orden de reventar a todo aquel que no fuera como ellos. A los que no usaran corbata, a los que llevaran el pelo largo, a los que leyeran “cosas sospechosas” como Ciorán, Proust o Dostoievski (“¿Cómo se dice, mi mayor?”. “Cualquier libro con nombre enredado usted lo confisca, cabo”), a los que cargaran una guitarra, usaran tenis, aretes, manillas, collares, sacos negros o mochilas.
Se desperdigaron por la calle 85 en grupos de a tres, cargados de odio, unos más, unos menos; infectados por resentimientos traídos de sus barrios y perfeccionados en las escuelas del regimiento. En menos de una hora habían detenido a 60 muchachos porque no tenían todos los papeles en orden, porque “irrespetaron a la autoridad”, porque escuchaban música del demonio, “Nos siguen pegando abajo”, de Charlie García, por ejemplo, o por sus piercings, “incitadores del desorden”. Tenían que cumplir con una cuota para que sus superiores contaran ante la prensa, el país y la patria que los operativos policiales habían sido un éxito. Tenían que apresar a quien fuera para que les dieran una o dos noches de permiso. ¿O un ascenso? ¿Una medalla al mérito?
A las seis y tantas se les acercaron a dos estudiantes con pinta de músicos que les mostraron todos sus documentos en perfecto orden. Incluso les enseñaron los recibos de compra de una guitarra y un computador portátil. “¿Y qué estudian?” “Música”, dijeron para abreviar. “¿Dónde?” “En la Javeriana y El Bosque”. Debieron sentir un odio y un rencor de clases y de impotencia que les subía por las venas, debieron pensar que mientras ellos patrullaban la noche aquellos dos pelilargos tocaban guitarra, debieron creer que eso habría que solucionarlo. Lo cierto fue que no resistieron lo que los desbordaba, fuera lo que fuera, y en un arranque de ira le cortaron a navajazos todas las manillas de hilo a uno de los estudiantes, comenzando por la que en un encuentro casual le había regalado El Pibe Valderrama dos años atrás. Entonces las pisotearon, iracundos. No les iban a dar ni una hora de licencia por ellas.