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Si Diego descubrió aquel cuaderno que terminó por cambiarle parte de sus días, fue porque su perro le orinó encima, y él oyó las gotas que cayeron sobre la pasta de cartón.
Dudó. Más por repelencia que por falta de curiosidad. Rezó. Lo tomó de las puntas y lo dejó sobre el muro de una de las viejas casonas de la carrera séptima para que el viento de aquella noche fría, difícil, lo secara. Lo detalló centímetro a centímetro. Cada uno de los verdes, cada argolla, las letras corridas de tinta azul que no pudo entender. Se fumó un cigarrillo y le echó el humo encima, y luego, ya desesperado, taladrado por la certeza de que ese cuaderno podía tener vida, lo abrió con la punta de los dedos. Percibió una dirección cercana en la primera hoja. Después... Después ya no pudo detenerse. Bajo la luz casi apagada de un antiguo farol leyó y leyó, página tras página, historias de callejones perdidos y huesos que crujían, de golpes arteros e insultos, de manoseos y puños y patadas, de furias e impotencia.
Febrero 6, 1979. “Aquellos salvajes me tiraron al piso y me rasgaron la blusa...”. Marzo 2, 1979. “Yo sólo escuchaba el desgarrarse de mis huesos, mis músculos deshechos...”. Cuando acabó se sintió débil, ido, quebrado. Los pocos carros que pasaban eran fantasmas con faros, y la avenida, un cúmulo de cemento y pintura que ni iba ni venía. Su perro se había dormido. Miró de nuevo la dirección de la primera página y despertó a Rufus para ir a buscarla, pero el último número no correspondía a nada. Eran ya las cuatro de la mañana. Se durmió contra un muro y soñó con huesos rotos. A las dos horas se levantó sobresaltado por el taconear de una mujer delgada que parecía llevar mucha prisa. Entonces timbró en una de las casas que debían corresponder a la dirección. Le abrió una señora de edad media. “No, no reconozco ese cuaderno, señor, pero la letra tal vez sí. Puede ser de Sonina”, dijo. “¿Y ella se encuentra?”. “Salió hace un par de minutos, no sé si regrese”.
Diego le dejó el cuaderno a la señora. Ya no lo necesitaba, lo recordaba casi al pie de la letra. Volvió cada dos días durante tres semanas, pero no le dieron razón de nadie. Una tarde le abrió la puerta la mujer del taconear. Él no supo qué decirle, ella le preguntó si era aquel que le había llevado su cuaderno. “Sí”, respondió Diego, algo avergonzado por saber tanto de la vida de aquella mujer. Ella lo entendió todo en menos de un segundo. Por eso le mintió. “Es de una prima que se fue. Gracias”.
