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Para empezar a comprender

Fernando Araújo Vélez

25 de junio de 2022 - 04:58 p. m.

Observar por observar, y luego escribir, sin tomar partido por ninguna historia ni condenar a ningún personaje. Que los detalles se me incrusten en la mente y que bajen por todo mi cuerpo en forma de zapatos lilas o de pulseras de cuentas de corales, y que la trama, la obra, sean lo verdaderamente importante, no yo ni mis juicios de valor ni mis conveniencias. Y que la tinta fluya y se agote y que yo tenga que conseguir más y más, sin que importe mucho el color, y que las hojas se vayan apilando encima de mi escritorio, como testimonios materiales de lo que pude observar en una época, y que la gente escrita y descrita allí sea reflejo de su tiempo y que ese tiempo esté repleto de las costumbres y los valores y propósitos que cada quien fue forjando por sus conversaciones, sus lecturas, su música, sus amores y desamores, sus influencias, sus victorias y derrotas y sus decisiones.

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Que al comenzar el día diga que ese día podré ser un poco más valioso que el día anterior, y repetirlo cada vez que me invada algún tipo de desasosiego, y sumar, siempre tratar de sumar, y que en la noche me estrelle contra mi propia mueca de victoria por haber sido una mínima parte al menos mejor que la noche pasada, y que ese “mejor” sea sencillamente haberme derrotado en esa diaria batalla contra los pequeños obstáculos. Que si una tarde escribí dos o tres o cuatro párrafos, que en la tarde siguiente logre escribir dos líneas más, y que jamás me deje de repetir que lo importante es el texto, la obra, todas las obras y la creación, las ideas, no los premios ni los diplomas ni los aplausos ni los cargos o el dinero. No mis intereses, no mis conveniencias. Que el valor fundamental de la escritura sea la escritura misma.

Y volver. Volver y observar para observar, e irme dando cuenta de que en ese infinito estado de observación la vida adquiere otra sentido, y desde lo observado, captar, tomar, guardar la mayor cantidad de detalles en la memoria. Que ojalá esa memoria se expanda por mis huesos y mis músculos, por mis venas y mi piel, y que circule, y que en cada vuelta sume por lo menos un detalle más para analizar y que se multiplique. Y observar. Que no pase un día sin que haya observado en un libro y haya ido más allá de la trama y las gramáticas y el desenlace. Que no pasen dos sin haber observado en la vida y en las películas y en las canciones de Joaquín Sabina o en las de Bob Dylan y en los cuadros de Kandinsky o de Chagall, de Picasso o de Da Vinci y en la gente que pasa y pasa por la calle todos los días, porque en últimas, observar es el primero de todos los pasos para empezar a comprender y seguir comprendiendo.

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Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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