Primero lo convencieron de que la fiesta a la que iban era de esmoquin.
Él desempolvó un viejo vestido negro de su abuelo, medio brillante y medio ajustado, y se compró un corbatín de seda. Al fin y al cabo, de noche y con tanto calor nadie se daría cuenta de la suplantación. A las siete de la noche en punto estuvo listo, con la mejor de sus sonrisas y una ilusión que se le escapaba por entre las mangas. La mujer de sus sueños lo aguardaba en el club principal del barrio. Perfecta, impecable, con aquella palidez de rosa que le recordaba las mujeres de Tolstoi o Dostoievski, con su lentitud, mezcla de temor a tropezarse y de vanidad. Lía, se llamaba. “Lía entre tus labios a los míos, respirando en el vacío aprenderé cómo por la boca muere y mata el pez”. Había cantado la misma estrofa toda la semana, como un poseído, casi sin darse cuenta y a pesar de que en su casa ya nadie lo soportaba. Lía...
Fueron los nervios tal vez los que lo llevaron a tomar demasiado. Los nervios por Lía, la tensión que le generó su demora, el temor de que ella también se burlara de su vestimenta de pingüino. Whisky, vino, cognac, ron, lo que hubiera. Pasadas las 12 se quedó dormido sobre un sofá. Sus amigos lo trasladaron a una habitación. Y pasaron las horas, la fiesta, los bailes. Lía jamás llegó, aunque él no se habría dado cuenta de su presencia. A las 7 de la mañana, uno de sus primos intentó despertarlo. No pudo. A las nueve, el más cercano de sus amigos le llevó un caldo que se quedó servido. Tomás se despertó un cuarto de hora después de las 3 de la tarde. ¿Qué pasó?, preguntó. Sus compañeros de parranda, los tres que aún seguían vivos, se miraron entre ellos, como si se hubieran puesto de acuerdo, y el más versado le preguntó si no recordaba nada. “No, nada”. “¿Nada de nada?”. Tomás movió su cabeza de derecha a izquierda, con la mirada expectante, trémula. Entonces se lo contaron de un solo golpe. Que en su borrachera había confundido a una tal Carlina con Lía y le había prometido amor eterno y se había ido con ella, tomados de la mano los dos, adonde el cura de toda la vida y le había implorado y pagado con un grueso fajo de billetes para que los casara. “Y te casaste, Tomás. No hubo manera de detenerte. Tu esposa te espera esta noche a las 7 en su casa, a la entrada del Bosque Izquierdo, en el 5° piso del edificio verde... Está como bonita”, le dijeron al final, luego de una preocupada pausa.