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Preferiría no tener que hacerlo

Fernando Araújo Vélez

08 de mayo de 2009 - 11:39 p. m.

Al hombre le gustaba pedir sus vacaciones cada 1° de junio para internarse en una clínica de reposo porque allá lo sabían tratar.

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Se vestía de gris o de azul oscuro y su libro-equipaje era Bartleby, el escribiente, de Herman Melville. Sus amigos en el trabajo solían recordar que un día sí, un día no, don Epifanio les leía apartes de la vida de Bartleby, y que su punto de éxtasis llegaba cuando aquel misterioso sujeto enfrentaba a su jefe y le decía: “Preferiría no tener que hacerlo”. Luego hacía gestos para darles a entender que él hubiera ofrecido parte de su intrascendente vida a cambio de tener el valor de decirle al señor Rodríguez algo similar. Nunca lo hizo, ni siquiera el jueves de la semana pasada, cuando sus paranoias se habían multiplicado con las de sus vecinos por cuenta del virus que amenazaba con arrasar de una vez por todas con la humanidad y su jefe le estornudó casi en la cara. No fue capaz ni de verlo a los ojos, y si no le ofreció excusas fue porque a don Todopoderoso le sonó uno de sus teléfonos. Humillado, una vez más ofendido, se fue a su minicubículo y buscó en su computador algún mensaje nuevo, pero una compañera lo sacó de sus tareas para informarle que el día siguiente todos debían ir a la oficina debidamente ataviados. Señaló su boca, dijo muy seria que por fin se terminarían las modas de los besos y los abrazos “y todo ese conjunto de meloserías que nos ponen en riesgo, por no decir en ridículo”, y concluyó su parlamento con un sutil dejo de alegría con el que parecía decir: “Si no ha habido besos para mí, que no haya besos para nadie”.

Don Epifanio pasó por la tienda del barrio luego de su jornada laboral. Compró papas, tacos, chitos, maní, dos libras de jamón y queso, y el viernes llegó a su oficina, como de costumbre, a las siete y treinta con todo su cargamento. Un celador lo detuvo a la entrada, señalándose la boca. Él mostró sus credenciales. El uniformado insistió. Él desperdigó sus compras. “Su tapaboca, señor”, lo interpeló el hombre de gorra. “Pasabocas, agente, acá están los pasabocas que me pidieron, mire”, le respondió don Epifanio, con el libro de Bartleby en su mano izquierda.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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