Apenas a finales del siglo XIX, las grandes empresas europeas comenzaron a invertir parte de sus réditos en investigaciones, pruebas, errores, acuerdos y desarrollo, y lo hicieron dos siglos después de que Francis Bacon hubiera revolucionado los conceptos de lo que era la ciencia en sus tiempos. Bacon aseguró que el conocimiento era el gran poder, y dijo que era un pésimo argumento considerar que algo podía ser cierto porque lo había invocado un sabio. Incluso, invitó a sus colegionarios de la ciencia y los saberes a que se olvidaran de los antiguos sabios, pues por obvias razones de saberes acumulados sabían menos de lo que la gente de su época sabía. Pese a que decía que admiraba a Aristóteles, trató de destruir sus postulados, afirmando que su obra no era práctica.
Aquella polémica y extrema relación hizo que sus seguidores lo llamaran “El maestro de los que saben”, como los antiguos discípulos de Aristóteles le decían a su maestro. Bacon simplemente sonreía ante la ocurrencia, y continuaba con sus múltiples escritos y trabajos en la Cámara de los Comunes, primero, y como ministro de justicia y Lord Canciller del reino de Jacobo I a partir de 1618. En unos y en los otros, intentaba construir desde la premisa de que “La lógica en uso es más propia para conservar y perpetuar los errores que se dan en las nociones vulgares que para descubrir la verdad: de modo que es más perjudicial que útil”, y en ese cambio de mentalidad, subrayó la trascendencia que tendría para los años por llegar la observación. Su gran obsesión era la ciencia, y dentro de sus estudios y conclusiones, el método.
“Id a la tierra y ella os enseñará”, solía repetir, para agregar después que “En lo que respecta a mi nombre y memoria, lo lego a los discursos caritativos de los hombres, a las naciones extranjeras, y a las épocas venideras”. Una y mil veces, su vida y sus actos fueron censurados y tergiversados, y muy a pesar de sus palabras, ni siquiera después de su muerte, en 1626, su nombre y su memoria fueron respetados. Los científicos del tubo de ensayo y las minucias lo acusaban de no haber realizado ningún experimento, y los creyentes, de haber hecho parte de los Rosacruces y los Francmasones. Los literatos lo enfrentaron a un Shakespeare, también ya muerto y muy enterrado, y los políticos pretendieron conseguir un par de votos multiplicando calificativos que jamás pudieron comprobar.
En su tratado “Novum organun”, de 1620, Bacon escribió sobre las posibles formas en que el ser humano podría aplicar la ciencia para dominar la naturaleza, y afirmó que para ello, lo primero que debía hacer el hombre era olvidar y borrar sus falsos conocimientos y a sus falsos ídolos, los de la tribu, los del foro público, los del teatro y aquellos que hacían parte de la caverna, todos y cada uno de ellos, repletos, saciados y engañados por sus viejas y no comprobadas “verdades”, y por sus muy peligrosos y antiguos dogmas.