En el momento en que sus asesinos llegaron por él, Marco Tulio Cicerón estaba leyendo “Medea”, de Eurípides, o eso escribieron algunos de sus biógrafos. Entre idas, pausas y regresos, trataba de huir hacia Grecia, pues ya sabía que su nombre era el primero en la lista de los proscritos por el emperador Marco Antonio. Como escribió Plutarco dos siglos más tarde, “Entretanto llegaron los verdugos, el centurión Herenio y el tribuno militar Popilio, a quien en cierta ocasión Cicerón había defendido en un proceso de parricidio (…). Cicerón, al darse cuenta de que Herenio se acercaba corriendo por el camino que llevaba, ordenó a sus esclavos que detuvieran allí mismo la litera. Entonces, llevándose, como era su costumbre, la mano izquierda a su mentón, miró fijamente a sus verdugos, sucio del polvo, con el cabello desgreñado y el rostro desencajado por la angustia, de modo que la mayoría se cubrió el rostro en el momento en que Herenio lo degollaba”.
Cicerón había alargado el cuello en gesto de ironía, y dijo: “Non ignoravi me mortalem genuisseh”, Siempre he sabido ser mortal. Se entregaba y entregaba sus últimas palabras y su cabeza; su cuerpo, sus manos y sus ideas, toda una declaración de honorabilidad, pues las voces de las voces ya le habían informado que Marco Antonio, fundamentalmente, pero también los triunviros Lépido y Octavio exigían que les llevaran su cabeza y sus manos para que fueran exhibidas en las tribunas de la Rostra, donde tantas veces habló y denunció, criticó, calló, expuso y exigió. En 1927, Stefan Zweig escribió en su libro sobre los momentos estelares de la humanidad, “El terrible espectáculo de su cruel martirio tuvo poder más elocuente sobre las masas intimidadas que los más famosos discursos pronunciados por él desde este profanado Foro. Lo que se pretendió que fuera una humillación vergonzosa se convirtió en su última y más grande victoria”.
Desde sus tiempos como “augur”, cuando se encargaba de descifrar lo que podría ocurrir en el futuro, “e interpretar los augurios”, en términos de Peter Watson, Cicerón había defendido su noción de “humanitas”. Para él, la virtud unía al hombre con Dios, y a todos los seres humanos entre ellos, sin distingos “de su estado, raza o casta”. Había luchado por la libertad, “Ya en mi juventud defendí la República. No la abandonaré ahora que soy viejo. Daré contento mi vida si con ello puedo devolver la libertad a esta ciudad”, y para la libertad, consideraba que eran imprescindibles las instituciones, las leyes, la palabra. Con su muerte, fechada el día 7 de diciembre del año 43 antes de Cristo, en lugar de un César grande, como dijo Zweig, “Roma tuvo tres Césares pequeños”, y en vez de debates y de acuerdos, de argumentos, de voces, de contradictores, y en fin, de lo que entre muchos hubieran decidido que era la justicia, tuvo látigo, hierro y sangre.