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Sin salida

Fernando Araújo Vélez

29 de mayo de 2010 - 11:00 p. m.

Fue inevitable que Ernesto San Juan recordara aquel cuento de Cortázar sobre un enorme trancón en la carretera que iba de Fontainebleau a París, La Autopista del Sur, porque la infinita fila de carros, buses, camiones y demás que alcanzaba a vislumbrar cuesta abajo podía llegar hasta la Boyacá con 13.

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Diez kilómetros de energúmenos, 10 kilómetros de conversaciones obligadas, reclamos, reproches, recuerdos, de sueños o pesadillas, de insultos, pitos, motores recalentados, llantas desinfladas, canciones repetidas, llantos de niños cansados, noticias trasnochadas. Era domingo, tarde de domingo. Llovía. Entre tantas averiguaciones sin respuesta y respuestas absurdas, un agente de la Policía le informó que un colectivo intermunicipal había perdido los frenos, “llevándose varios vehículos por delante”. Ante el drama y la desesperación, cualquier información era trascendental y, en principio, reverenciada y acatada. Aquella del policía se regó de auto en auto y se transformó en “la verdad”. Nadie, ni San Juan ni sus compañeros de carro, un Toyota azul, ni los tripulantes de los otros automóviles que se cruzó, vio signos de la tragedia. Igual, todos la creyeron, se bendijeron y se condolieron.

Cincuenta minutos después de que San Juan hubiera llegado al lugar de donde no se movería por 12 horas, apareció un muchacho, vecino de Mosquera, advirtiéndoles a quienes lo querían escuchar que había un cable a orillas de la vía que podría provocar una gigantesca explosión si alguien botaba un fósforo o la colilla de un cigarrillo encendida. Luego pasaba a recitar un aparte del Apocalipsis, el versículo 1 del capítulo 16: “Y oí una voz potente que provenía del Templo y ordenaba a los siete ángeles: Vayan y derramen sobre la Tierra las siete copas de la ira de Dios”.

San Juan se quedó un rato largo pensando en la ira de Dios, en las posibles consecuencias que tendría su venganza contra quién sabía qué, pero su hijo lo llamó para contarle un chiste sobre el Presidente colombiano, a quien sus compatriotas le robaban el reloj, o algo así. Se rio. Sin embargo, de inmediato retiró su sonrisa, porque el abuelo del niño había comenzado a reprenderlo. Que la patria era lo más importante, que los valores se habían perdido, que los presidentes eran sagrados, que la institución de la democracia era un asunto muy serio, que Colombia era digna del más profundo de los respetos. El niño no entendió nada, por supuesto. ¿Qué era la patria? Nunca lo supo, ni entonces ni después. Abrió los ojos y se largó a llorar. Tenía hambre y sueño, sed. El abuelo también. San Juan se tragaba sus hambres, que se mezclaban con miles de miedos. A quién le importaría que él tuviera sed o sueño, si en últimas, era él quien debía aliviar a sus pasajeros. Era él quien debía sacarlos de aquel trancón sin fin. Y fue él quien, después de algunas horas, decidió reinventar el cuento de Cortázar con paisajes y palabras colombianos, para que la espera y la angustia se diluyeran.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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