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Se encontraron en un vuelo que partió de Barajas, Madrid, en pleno verano del año pasado. Ella tenía el tiquete de la fila 21 contra la ventana.
A él le habían asignado el del lado. Cambiaron porque a ella le entraban ataques de pánico en los aviones, y si veía las nubes sus temores se multiplicaban. Él le dijo que no se preocupara, que con mucho gusto. Conversaron dentro de lo que ella podía entender en medio de sus angustias y de sus infinitas numeraciones mentales con las que pretendía calcular los minutos de viaje que habían transcurrido. Cuando hablaron de sus respectivos motivos para haber ido a Madrid, iban sólo siete. Siete por 60, 420 segundos. Él le dijo que había ido a buscar una exclusiva especie de pez del Mediterráneo para un acuario que acababa de instalar en su casa de Bogotá. ¿De agua salada?, preguntó ella. Sí, respondió su vecino, como si hubiera dicho quiero café.
Ella entonces le contó que había ido a recorrer las calles, tragos, casas, licores, costumbres y pasado de las canciones de Joaquín Sabina, y su pasado también, pero no lo pudo encontrar. ¿Por eso viajaste desde tan lejos?, preguntó él. Sí, le contestó su interlocutora, como si hubiese pedido un té. Ella no quiso comer. Él sospechó. Tantos nervios, las manos sudorosas, ni un bocado, sus palabras entrecortadas... Pensó que sería preferible no determinarla más. Que nadie lo asociara con ella, que nadie los viera charlar. Cerró los ojos. Intentó dormir con una frazada encima, pero se prendó de sus propias suposiciones.
Se metió con ellas bajo la cobija. Las respiró, las temió, las barajó, y al final, concluyó que no concordaba aquéllo de Sabina con correos de droga y “mulas”, como las llamaban vulgarmente. Miró por un huequito a su compañera. Ella seguía nerviosa. Contaba con los dedos, uno por uno, los eternos segundos del vuelo.
