Lodo, lluvia, charcos, larvas y deshechos de la humanidad. Buitres, una que otra camisa rasgada bajando por la vertiente y uno que otro pedazo de llanta flotando a contracorriente.
La vida parecía haberse diluido entre las aguas turbias de aquel canal sin nombre que se fue formando por encima de las acequias, pero había restos de ella, de la vida, sólo restos. Restos en el cuerpo nauseabundo de un gato tal vez despellejado, restos en el oxidado collar de algún perro que ya habría pasado. La lluvia caía. Cayó. Lenta a veces, desparpajada, violenta, agresiva, asesina.
Entonces comenzó a aparecer, primero fétido, luego difuso, más tarde confuso, y por último, desgarrador. Los chulos chillaban y revoloteaban a su alrededor, enésimo cortejo de la muerte. El cuerpo bajó. Cada picotazo lo hundía un poco, cada graznido, quise creer yo, lo devolvía a la superficie. Dos perros envueltos en sus rabias y sus odios, en sus afanes por ser más machos, llegaron a aquello a lo que hubo que llamar ribera, mordisco a mordisco, gruñido tras gruñido. Rodaron hasta el borde del agua, empapados, obvio, heridos, casi reventados. De repente se quedaron quietos. Se miraron, ya sin los rencores de antes, y miraron hacia el agua. Ladraron. Los intuí espantados, y debían estarlo, porque el cuerpo del hombre que bajaba con la piel blanquísima de la hinchazón se les iba encima, era una especie de fantasma con piel ahogada que los atacaba. Se mojaron las patas, se metieron casi hasta el lomo dentro del canal, chapuzaron para que el cadáver se les aproximara.
Luego, cuando lo tuvieron ante y a sus patas, lamieron sus decenas de heridas. Al hombre lo habían acuchillado y quién sabe qué más con sevicia. ¿Por celos? ¿Por una cuenta pendiente? ¿Por robarlo? ¿Porque la vida en Colombia no vale nada? Lo habían lanzado al río en cualquier lugar de su recorrido, quizá de madrugada. Lo más probable era que nadie lo fuera a recoger. Posiblemente acabaría en el lecho del canal y allí se desharía. No sé. Yo estaba muy lejos para comprobar algo, cualquier cosa, y tenía miedo y no dejaba de llover.