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Tres heridas

Fernando Araújo Vélez

16 de agosto de 2008 - 03:33 a. m.

Con él, los domingos no eran un infinito hastío de fútbol y pantuflas. Eran de profundos silencios en medio de la laguna de Tominé para que los peces no se espantaran, eran aguardar horas y horas a que el animalito elegido y sólo el elegido picara.

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Eran vislumbrar el mismo paisaje todo el día, la carretera desde Bogotá, las aguas mansas, las barcas lejanas, y en la noche, escuchar con gesto de suprema atención las razones y sinrazones por las que esa tarde, como decía Rodolfo I, “las víctimas no habían sucumbido a sus estudiadas estratagemas”. Todo silencio, todo rutina.

Una noche, 56 domingos más tarde Antonia de Roldán le envió una nota de despedida a su novio que terminaba con un lacónico “Te deseo buen viento y buena pesca”. Dos meses después recibió respuesta en dos palabras. Sonrió. Por un instante pensó que eran preferibles aquellos domingos silenciosos, tan expectantes por un diminuto suceso que jamás se daba, que aquellos de los últimos meses, depresivos, grises, solos. Sin embargo, cambió de idea en menos de dos segundos y terminó de arreglarse para ir a las seis en punto a la ordenación sacerdotal de su amigo Rodrigo. La ceremonia fue como se la había imaginado. Ritos, solemnidad, latín y mármol. En un momento dado, el sacerdote ordenador levantó su cara y la voz y preguntó si alguien se oponía a que Rodrigo Piedrahíta fuera diácono. Nadie habló. El futuro diácono clavó sus ojos en los de su invitada. Fue un gesto de reproche, pero ella lo comprendió muy luego, cuando Piedrahíta, vestido de cura, le reclamó en tono medio airado medio vencido por qué no había dicho que ella se oponía, que ella lo amaba, que ella quería pasar el resto de sus días con él. Antonia optó por darle un beso y felicitarlo por su graduación.

Antes de dormirse recordó los viejos domingos en Tominé, y por cualquier asociación de ideas, a un antiguo novio muy intelectual con quien salió un par de noches. El tipo le había propuesto matrimonio con un anillo de plata diseñado por él. Ella le respondió que no, que no gracias. Él le dijo que entonces, como así eran las cosas, tendría que devolverle el anillo y las dos antiquísimas ediciones de Aguilar que le había obsequiado, “porque sólo la prometida de un intelectual es digna de joyas como éstas”. Se rió. Se sintió feliz con su soledad, con sus depresivas tardes de domingo. A la mañana siguiente fue a verse con un médico porque le dolían los ojos. “¿De llorar?”, preguntó él. “Todo lo contrario”, contestó ella. “No se preocupe Antonia –dijo entonces su amigo médico–, que de los ojos se va a curar. De sus otras heridas, la de la vida, la del amor y la de la muerte, jamás”.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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