Por aquel entonces, años ochenta, la 5ª era de doble vía y no existía la Circunvalar.
Los Renault 4 se colgaban en las subidas más empinadas y las mujeres estropeaban sus tacones caminando de una acera a la otra para pedir ayuda. Fue en un mediodía claro, soleado y azul cuando el tipo aquel se le botó a Camilo sobre el capó de su carro, un destartalado y oxidado Kiamaster verde. Gritó, por supuesto. Gritó mucho más fuerte de lo que correspondía, pero eso lo entendió Camilo cuatro días después. Luego cayó al pavimento, fulminado. El tránsito se detuvo, y entre los cientos de curiosos apareció uno con pinta de salvador del mundo y sirena en su automóvil. Se bajó con aires de suficiencia mezclados de posada colaboración, y le dijo a Camilo que no se preocupara por nada, que él lo solucionaría todo. Ordenó que no tocaran al herido y llamó por un teléfono especial. A los dos segundos había dos carros de la Policía de Tránsito y siete agentes impecablemente vestidos de azul. Pidieron papeles, levantaron croquis, conversaron con el herido, con Camilo, con el Salvador del mundo, con los testigos, y llenaron una libreta de apuntes ilegibles.
A las 2 de la tarde Camilo fue conducido en patrulla, esposado y demacrado, a una estación de Policía. A las 2 y 30 lo introdujeron en una celda repleta de infractores, atracadores de poca monta y uno que otro borracho. Lo miraron de arriba abajo, lo señalaron y con algún gesto intentaron asustarlo. Pasadas dos horas, un agente lo llamó aparte. Él creyó que volvería a la libertad, pero el gesto del policía era agrio, difícil. “A la víctima le dieron una incapacidad alta. Le rompió el tobillo”, dijo. “Pero no fui yo, él se lanzó”. “Yo no soy el juez, a mí no me tiene que explicar nada”. “¿Y ahora?”. “Si le dan más de 30 días, se va para La Modelo”. “¿Y cuándo determinan la incapacidad?”. El martes, porque el lunes es festivo. “¿Me quedan tres días acá?”. “Como mínimo, yo de usted me iría preparando para un largo descanso”. “Pero él se botó, es de esos que viven de que los atropellen, usted lo sabe”. “Yo no soy el juez, ya se lo dije, guárdese sus palabras”. “No, usted sabe lo que pasó, yo sé que usted me cree, ayúdeme”. “Lo único que le puedo aconsejar es que cuando vuelva a atropellar a alguien no se deje embolatar, huya”.