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Un diálogo de impotencias

Fernando Araújo Vélez

15 de noviembre de 2008 - 01:23 a. m.

Se encontraron en el único banco vacío de la única plaza llena de la ciudad la última tarde soleada de octubre.

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Cada uno parecía arrastrar su respectivo costal repleto de miedos, desilusiones, derrotas y lamentos. Se miraron muy de reojo, incómodos, y se refugiaron luego en una bola de perro que a los trompicones intentaba atravesar el parque. El más joven sonrió. Entre los dientes dijo que él cambiaría su vida por la del perro. ¿Perdón?, preguntó el más viejo. Nada, nada, que me encantaría ser ese perrito.

Los dos asintieron con la cabeza, resignados, mientras la bola de pelos terminaba su recorrido y se echaba junto a una señora. Pero a usted le queda toda la vida por delante, dijo el viejo.  Eso puede ser mucho peor que estar ya sobre el final, le respondió el joven. El perro volvió a cruzar la plaza. De repente se detuvo. Volteó su cara hacia la banqueta, como si quisiera ponerles atención a sus dos espectadores, que en ese preciso instante hablaban de sus mutuas desocupaciones, de que no tenían dónde trabajar ni un peso para sostenerse, porque uno era muy joven, ni siquiera había cumplido los 17, y el otro demasiado viejo, ya andaba por los 70; porque uno no tenía experiencia, ¿y cómo la voy a obtener si no comienzo a tenerla?, y el otro ya iba de vuelta.

El perro los miraba y ladeaba su cara. Era el perfecto interlocutor de un diálogo de impotencias. Y lo peor, se lo digo yo, es que en éstas del desempleo uno va perdiendo la fe, el amor propio, la esperanza por el mundo y acaba por convencerse de que en últimas, la humanidad es un invento que fracasó, decía el viejo. Claro, cada vez que suena el teléfono es una ilusión que en dos segundos se desvanece, contestaba el joven. Y cuando se rompen tantas esperanzas, se rompe La Esperanza, ¿sí me explico?, concluyó el viejo. La bola de pelos volvió a su actitud de indiferencia y caminó unos cuantos pasos, pero de pronto se arrepintió de sus planes, dio media vuelta y regresó en busca de los desocupados. Yo creo que iba a levantar la pata para  marcarlos como su territorio, pues ellos eran como él, eran él, pero una perrita lejana lo hizo cambiar de rumbo, como les hubiera ocurrido a ellos con una mujer.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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