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Cuando lo acusaron de haber plagiado varios textos periodísticos, veinte años atrás, y las hordas de denunciantes trituraron su nombre, su obra y su dignidad, citó a Jorge Luis Borges, quien solía repetir, “Mi relato será fiel a la realidad o, en todo caso, a mi recuerdo personal de la realidad, lo cual es lo mismo”. Lo multaron y condenaron, lo enviaron a las sombras del ostracismo y enlodaron sus novelas, pero él jamás se excusó. Era un personaje de sus propias historias, entre iluso y melancólico, un poco sentimental, otro poco racional, apegado a las luces tenues de amores que jamás llegaron a ser y de odios que tampoco lograron afianzarse, y en busca de libertad. Había nacido en la Lima aristócrata de los años 30, y en ella aprendió a defender sus principios y su dignidad.
En los 60 decidió que iba a ser escritor. Viajó a París y estudió literatura en la Sorbona. Se hizo amigo de Julio Ramón Ribeyro, y se convenció, como él y con él, de que para escribir no se necesitaba tanta pompa ni tanto jabón ni tanto ejemplo ni tanta solemnidad y vio más de lejos y a veces más de cerca a Julio Cortázar, Sartre, García Márquez y Vargas Llosa. A Cortázar lo persiguió hasta un teatro en el que Vargas Llosa y Sartre iban a hablar sobre la guerra en Vietnam. “Cuando dijo que él no había tenido la bondad ni la generosidad de irse con las guerrillas de su país, Cortázar empezó a aplaudir muy sonrientemente pero con una sola mano Zen o algo así que, lo juro, lo vi clarísimo”, escribió en sus memorias, y luego confesó que desde esa noche y por muchas noches no hizo más que leer y releer textos y cuentos y las novelas de Cortázar.
“Fue la gran influencia de mi vida literaria. Me reveló lo que yo llevaba dentro, me enseñó a liberarme, a usar la intuición y a ver el lado cómicamente grave de la realidad. Me hizo ver que ese exceso de gravedad de los maestros del boom, bajo cuyo resplandor vivía yo, podía ser también una carencia, para mí”. En su “Permiso para sentir”, Bryce Echenique les dedicó varias páginas a algunos de los autores del boom, por quienes de alguna manera se dedicó a escribir, a quienes elevó al firmamento durante varios años y luego tachó e incluso pisoteó. “El estallido del llamado boom iba a despertar los más enceguecidos apetitos de gloria, de fama, de dinero, de estatus social. En fin, de todo tipo de arribismos”.
Como cantaba Luis Eduardo Aute, Bryce Echenique se declaraba “enemigo de la guerra y su reverso, la medalla”, hasta el punto de que a menudo recordaba que en el colegio jugaba al fútbol un tiempo para un equipo, y otro, para el rival, pues sentía a los contrincantes tan cercanos, tan amigos y cómplices, que era “de lo más natural y humano querer echarles una manito”.
