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Una broma en cruz

Fernando Araújo Vélez

21 de febrero de 2009 - 10:00 p. m.

Con los años hubo quienes afirmaron que la idea de aquella broma que por poco le cuesta el matrimonio a su hermana fue de Álvaro Gómez, y que incluso, fue él quien un viernes en la tarde, a la salida de su oficina, compró en una ferretería la cinta adhesiva color esparadrapo que al día siguiente en la noche engañó a su cuñado.

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La historia había comenzado a escribirse una semana antes, cuando Laureano Gómez le sugirió a su hija Cecilia que invitara a su prometido a una cena en casa para conversar con él. Ella le dijo que por supuesto, que no faltaba más, y el sábado, impecable y puntual, se presentó en la casona de los Gómez, casi que anunciado por las campanas de la iglesia de Teusaquillo, Daniel Mazuera.

La velada transcurrió serena y amable, formal, muy a pesar de los nervios del pretendiente, de la tensión de su enamorada y de la suspicacia del doctor Gómez.

Luego de la comida y de dos copas de vino muy francés, Mazuera se excusó porque debía levantarse muy temprano a la mañana del domingo. Agarró su abrigo, su sombrero, y se despidió, pero en lugar de tomar hacia la puerta de salida, caminó hacia el lado opuesto, se tropezó contra un ventanal inmenso que daba a una terraza y destrozó los vidrios. Su novia gritó. Él susurró una correcta maldición. Laureano Gómez carraspeó, y como correspondía, le preguntó si se había hecho daño. Luego le tendió su brazo y le dijo que no se preocupara por el vidrio ni por los gastos.

Dijeron que Mazuera no durmió esa noche. Que el lunes envió a la casa del líder conservador una nota de excusas, que el martes lo  invitó a comer, y que fue ese mismo martes cuando Álvaro Gómez planeó su broma. Lo cierto fue que el sábado Mazuera volvió a presentarse en la casa de los Gómez a la hora en punto en que las campanas de la iglesia daban las siete de la noche. Llevaba flores para su amada, y una botella de vino para Laureano Gómez y sus hijos. Saludó, cortés. Dejó abrigo y sombrero en el zaguán, y entró en la sala. En un instante su mejor sonrisa se trastocó en mueca de espanto. Acababa de ver el ventanal de la terraza cruzado por pedazos de cinta en cruz, como en las construcciones. No habló, no caminó. Era una especie de momia viviente. Entonces Laureno Gómez se acercó al vidrio, sacó las cruces de cinta y sonrió.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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