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Nunca le preguntaron si estaba de acuerdo con el candidato de su padre.
Nunca supieron que en las noches recortaba los diarios en los que salía su foto y lo pinchaba con los alfileres de la costurera, primero con delicadeza y precisión, luego con ira, como si chuzándolo en la foto le robara el alma. Nunca le explicaron que debía trabajar por él, porque era el representante del gran jefe. Preferían decirle, con cierta altanería y displicencia, que era cuestión de ideologías y que algún día lo iría a comprender. Él se mordía los labios para no faltarles el respeto a los mayores y decía que estaba de acuerdo y que cuando terminara con sus tareas del colegio colaboraría con lo de los votos. Su madre aceptaba a medias, pero aceptaba.
Pasadas las siete de la noche, después de haber visto el Pájaro Loco y de que hubiera soñado-jugado con ser El ladrón que interpretaba en una serie de televisión Robert Wagner, se encerraba con un gato en el sótano de su casa y comenzaba su última labor, la más importante de sus “deberes patrióticos”, como le inculcaban. En una pila inmensa había millares de papelitos con un sello oficial -el de la Registraduría- y el nombre del candidato. En otra, sobres, miles de sobres. Su primera noche fue de rutina. La segunda, de hastío, de tanto hastío por la mecánica labor de empacar y empacar y empacar votos, que antes de dormirse pensó en su venganza contra el mundo, que era una venganza contra sus padres, el candidato, la política y todo lo que no fueran el Pájaro Loco o Robert Wagner.
Era sencillo. Fue sencillo. En la mañana, entre clase y clase, fue a una papelería y compró varias resmas de papel periódico que en la tarde, en tiempo de tareas, cortó al tamaño de los votos. Por la noche los empacó y los dejó donde le dijeron que debía hacerlo, en una gigantesca caja de cartón. A la noche siguiente repitió su actuación, y así durante 15 días. Jamás supo cuántos sufragios fueron, pero calculó que más de 50 mil, los necesarios para que el candidato perdiera, pensaba. Y perdió, aunque no por su venganza. Cuando se enteró, el lunes 20 de abril de 1970, celebró a su manera y con su gato. Luego llegaron épocas de temores, de remordimientos. La culpa. Un día, mientras jugaba a la pelota en un parque de Niza, una señora salió con su perro, desbordados los dos, y lo sacó de ahí. El perro desgarró su balón. La señora lo insultó hasta su quinta generación. Luego le informaron que era la hija mayor del candidato. Entonces se esfumaron sus antiguos remordimientos.
