“Una de las ventajas de no ser feliz es que se puede desear la felicidad”, dijo y escribió Miguel de Unamuno, que mientras más vivía y más pensaba y más escribía, más comprendía que la duda era lo que lo hacía levantarse cada mañana. Dudó de Dios, de sus ancestros bilbaínos, de la lengua euskera, de la monarquía, del socialismo y todos sus contrarios, e inmerso en sus incertidumbres, un día, como diputado de las Cortes Constituyentes, dijo que estaba de acuerdo con la sublevación militar que pretendía acabar con la Segunda República española, y que al final llevaría a la Guerra Civil. Luego cambió de opinión y se retractó en público. Para muchos, fue muy tarde, y varios de esos muchos jurarían sobre su tumba que había muerto “de arrepentimiento”.
Cuando publicó “Niebla” (1914), una “nivola”, según sus palabras, rompió con el realismo literario que hasta entonces había predominado en España, y expuso su idea del existencialismo en el ser humano en una de las primeras obras europeas que lo hicieron. En “Niebla”, Unamuno fue narrador, protagonista, dialogador, interlocutor y autor, todo y nada a la vez, que fue su forma de decir que estaba en contra del absolutismo. En realidad, Unamuno se declaraba en contra de prácticamente todo lo que ocurría durante las primeras décadas del siglo XX. En 1920, se enfrentó a Miguel Primo de Rivera y atacó al rey, Alfonso XIII, y a su madre. Lo condenaron a 16 años de prisión por el delito de “lesa majestad”.
Luego fue indultado, y tres años más tarde, condenado al destierro. Aunque aquella sentencia tampoco se cumplió, Unamuno se exilió en Francia por su propia cuenta y allí entabló largas y debatidas relaciones con Alfonso Reyes y con Rainer María Rilke, entre otros varios. Regresó a España en 1930 y enarboló las banderas de la Segunda República. Tiempo después, igual que José Ortega y Gasset, ya se había desencantado de la realidad republicana. Cuando sus detractores se multiplicaron, les recordó que pocos como él habían hecho tanto por el “advenimiento de la República”, y que sus escritos y sus enfrentamientos con el rey y con Primo de Rivera habían horadado el sistema anterior.
Pese o por sus reiteradas críticas al Gobierno de Manuel Azaña, a sus compañeros de gabinete, a la reforma agraria y a los religiosos, en el 35 fue nombrado “ciudadano de honor” por La República. Ese mismo año, Unamuno recibió en su casa a José Antonio Primo de Rivera, hijo de aquel al que llamó “aventurero de mala fe, rapaz, mendaz e incapaz”, brindó por el futuro con su séquito de falangistas, e incluso acudió a la solemne noche en la que La Falange se presentó oficialmente en Salamanca. Pío Baroja, Gómez de la Serna, Fernando Pessoa y un largo etcétera de escritores dejaron a un lado su silencio y comenzaron a calificar a Unamuno como intransigente, ególatra, vanidoso, contradictorio y absurdo.
Meses más tarde, lo escucharon pedirle a la intelectualidad europea que apoyara al bando nacional para tratar de solucionar la crisis. Cuando comenzó la Guerra Civil, se arrepintió de su llamado y de su postura. Decenas de cientos de amigos y conocidos le enviaban cartas para que intercediera por ellos y sus familiares ante Franco. Supo del fusilamiento de varios republicanos con los que había trabajado en la Universidad de Salamanca y en sus correrías políticas, y de otros que estaban en prisión. Sus súplicas fueron ignoradas. En algunos de sus cuadernos escribió, “Los motejados de intelectuales les estorban tanto a los hunos como a los hotros. Si no les fusilan los fascistas les fusilarán los marxistas”. En octubre del 36, dijo: “Venceréis pero no convenceréis”.