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Walt Whitman, “carnal y sensual, no sentimental”

Fernando Araújo Vélez

22 de febrero de 2026 - 06:10 a. m.

“Oh capitán, mi capitán, nuestro terrible viaje ha terminado…”, escribió Walt Whitman a finales de abril de 1865, pocos días después del asesinato de Abraham Lincoln y dedicados a él. Sus versos fueron repetidos y repetidos a lo largo de los años, y su nombre, multiplicado en libros, películas y canciones. En 1877, José Martí le escribió una carta al periódico La Nación que lo había descrito como un dios, “Parecía un dios anoche, sentado en su sillón de terciopelo rojo, todo el cabello blanco, la barba sobre el pecho, la mano en un cayado”, y a aquellas palabras les añadía las suyas, una petición a los lectores para que lo estudiaran, “porque si no es el poeta de mejor gusto, es el más intrépido, abarcador y desembarazado de su tiempo. En su casita de madera, que casi está al borde de la miseria, luce en una ventana, orlado de luto, un retrato de Víctor Hugo”.

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Whitman comenzó a trabajar a los once años en una firma de abogados, luego de haber salido de la escuela. Era mensajero, ordenador de papeles, copiaba documentos y hacía lo que se necesitara. Pasados unos meses, consiguió un trabajo en el semanario “The Patriot”, de Long Island, donde había nacido en 1819. Allí aprendió algunos rudimentos de impresión y de tipografía, y escribió unos cuantos textos de típica adolescencia. Permaneció un año, y después pasó por varios diarios y revistas, unos de su tierra, otros de Brooklyn, hasta que decidió irse a vivir a Nueva York para ver el mundo, o parte del mundo que le interesaba. Fundó su propio semanario, “The Long Islander”, y trabajó como periodista, como ensayista y poeta, como editor, director, corrector de pruebas, tipógrafo, e incluso como repartidor de la publicación. Terminó por venderlo después de diez meses.

De nuevo en la calle, volvió a buscar trabajo, y una y otra vez entraba y salía de diversas firmas y escuelas. Escribía, daba clases, leía, iba a teatro cuando podía, y seguía buscando. A los 35 años, le puso el primer punto final de varios puntos finales a un poemario en versos de prosa que editó y volvió a editar cada tantos años y que tituló “Hojas de hierba”. A uno de los textos los llamó “Canción de mí mismo”, y en uno de sus apartes decía:

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“El loco, cuya locura se ha confirmado, ingresa por fin en el manicomio

(ya no volverá a dormir, como solía, en el catre del cuarto de su madre);

el tipógrafo, de pelo blanco y mentón afilado, se afana en la caja:

mientras desmenuza el tabaco de mascar, se le nublan los ojos con el manuscrito;

atan los miembros deformes a la mesa de operaciones

y lo amputado cae horriblemente en un balde;

a la cuarentona joven la venden en pública subasta; el borracho cabecea junto a la estufa de la taberna…”.

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Whitman pagó el primer tiraje de “Hojas de hierba”, 795 copias que regaló entre sus familiares, amigos y no tan amigos. Guardó y vendió unos cuantos ejemplares, que ni siquiera firmó como se estilaba. Simplemente, imprimió un retrato suyo, y debajo escribió: “Walt Whitman, americano, uno de los duros, un cosmos, desordenado, carnal y sensual, no sentimental, no por encima de hombres o mujeres o aparte de ellos, no más modesto que inmodesto”.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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