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Y sus propios habitantes incendiaron Moscú

Fernando Araújo Vélez

06 de septiembre de 2026 - 06:10 a. m.

Entonces Moscú se volvió “Una pirámide de humo color cobre”, como lo escribió Stendhal cuando aún se llamaba Marie-Henry Beyle y hacía parte de la retaguardia del ejército de Napoleón Bonaparte que pretendía tomarse la ciudad y su gente, y de paso Rusia, el Imperio, el pasado, la historia y el porvenir, y observaba cómo el fuego subía en forma de espiral hacia el cielo. Desde las colinas de los Gorriones, Napoleón había dicho dos días atrás, “Allí está, por fin, esta famosa ciudad”. Se había preguntado cómo la gente podía abandonarla y dejar sus posesiones, su vida, cuando vio las hileras de moscovitas que se retiraban por las puertas más lejanas, unos a pies descalzos, otros, subidos en burros o en carromatos tirados por famélicos caballos.

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Desde hacía seis años, Stendhal había hecho parte de las tropas napoleónicas como una especie de administrador, que a veces se llamaba comisario militar adjunto, y a veces auditor del consejo de estado. En Rusia, luego del incendio de Moscú y del comienzo de la retirada francesa, fue nombrado comisario de suministros de guerra, y según algunos historiadores, su tarea, su calma y su lucidez fueron esenciales para salvarles la vida a algunos de sus compañeros, en especial, cuando encontró la manera de atravesar el río Berézina sin tener que utilizar un puente que, intuyó, podría desplomarse con el peso de su regimiento. Cuando llegó a París, en 1813, un año después de la derrota, supo lo que había ocurrido en Moscú.

Leyó en diversas publicaciones y le contaron de primera mano que en agosto de 1812, el comandante de las fuerzas rusas, Mijaíl Kutuzov, le dio la orden a sus tropas en Moscú de que se retiraran. Entonces el conde Fiódor Rostopchin, gobernador de la ciudad, reunió a unos cuantos incendiarios y les pidió que le prendieran fuego a todo para que los invasores se quedaran sin provisiones y tuvieran que irse. Sus voces y el fuego se esparcieron por toda Moscú. Napoleón huyó, según algunos de los textos de monseñor Louis Gaston de Ségur, nieto del conde de Rostopchin, “a través de una muralla de fuego, bajo el estrépito de techos y pisos que se derrumbaban, mientras caían vigas y se derretían los tejados de hierro”.

“¡Qué gente! ¡Son escitas! ¡Qué determinación! ¡Qué bárbaros!”, gritaba Bonaparte, luego de haberles ordenado a sus subalternos que dinamitaran el Kremlin. La armería explotó y algunas de las murallas medievales quedaron hechas polvo, pero de acuerdo con las reseñas de Orlando Figes en “El baile de Natacha”, “todas las iglesias del Kremlin sobrevivieron”. El fuego cesó el 20 de septiembre. Cuatro quintas partes de Moscú habían quedado carbonizados. Como la describió Nigel Nicolson en su libro “Napoleón 1812”, “Aquella gigante golpeada, abrasada y calcinada, exhalaba un hedor horrible. Sólo unos montones de ceniza y cada tanto un trozo de una pared o una columna nos indicaban la existencia de calles”.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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