Muy en secreto, casi de incógnito, los vecinos de Pontevedra solían llegar hasta su casa para preguntarle si aún trabajaba. Usted sabe, le decían, ladeaban el rostro y cerraban los ojos. Unos se persignaban. Otros sonreían después. Nunca hablaban de apellidos y, menos, de cuentas.
Pagaban lo que podían, si era que pagaban, en efectivo y sin recibos, y le entregaban al señor Marín un papelito con una dirección y un nombre. Sólo eso. Él los miraba de arriba abajo, les hacía un par de preguntas y asentía. El día acordado se levantaba con el alba, alistaba su maletín de toda la vida y llamaba un taxi.
Cuando regresaba nadie en su casa se había percatado de su ausencia. Así se le fueron los últimos días de su vida, con noventa y tantos años a cuestas. Caminaba entonces despacio, un poco inclinado. Arrastraba los pies y de tanto en tanto se arreglaba su eterna vincha roja de puntos azules, que terca le bajaba hasta los ojos. “Fue un regalo de mi señora”, explicaba sin necesidad de que le preguntaran.
A veces, si se sentía de buen humor, contaba que su primera “intervención” había sido meses antes de graduarse. “Fue un bebé de cinco meses o seis. Estaba reventado por dentro, no tenía solución”, decía. Luego se mordía el labio inferior, y si percibía que su interlocutor quería oír algo más, recordaba con mayores detalles la mañana en que su esposa le pidió que la inyectara, “una mañana gris, con algún rayo de sol que se colaba. Yo sabía que iba a suceder, ya era imposible seguir soportando y soportando. Me dijo por favor, nada más que eso. Yo lo hice rápido pero con suavidad. Tenía una jeringa nueva, muy fina para esa ocasión. Conté uno, dos, tres... y se durmió”.
Juan Marín era Raskolnikov. Lo dijo y lo repitió mil veces. Le fascinaba Dostoievski. Tenía varias ediciones de Crimen y Castigo. “Yo he tenido que decidir quién vive y quién muere, yo he tenido que ser Dios más allá de las leyes, yo he tenido que suplantarlo”, aseguraba. Nadie supo jamás cuántas muertes decidió ni cuántas vidas salvó. Fue inmune a los señalamientos y al juicio de los mortales. Una mañana se durmió. No alcanzó a contar hasta tres. Dejó su maletín y una jeringa nueva al lado de su cama.