La caída de Kabul habrá de tener consecuencias internas que hasta ahora son impredecibles. El reacomodo que vendrá, en un país tan hondamente fracturado, tomará su tiempo. Pero los efectos de la derrota de Estados Unidos después de una guerra fallida de 20 años, ya comienzan a perfilarse. Y la huella no deja dudas: desconfianza y desprestigio tanto a nivel internacional como doméstico.
Lo primero que se observa es el costo de las guerras y sus exiguos resultados. Hoy resulta más perturbador el comentario de Jimmy Carter publicado en el Newsweek del 15 de abril de 2019 en el que afirmaba: “¿Cuántas millas de ferrocarril de alta velocidad tenemos en este país?”. Mientras que China tiene unas 18.000 millas de trenes de alta velocidad, Estados Unidos ha “desperdiciado, creo, US$ 3 billones en gastos militares. Es más de lo que puedes imaginar. China no ha desperdiciado ni un centavo en la guerra, y por eso están por delante de nosotros”. En casi todos los sentidos. Y es que según cálculos del Watson Institute de la Brown University, sólo la guerra de Afganistán, sin contar los costos financieros y los de las compensaciones para los veteranos, alcanzó los US$2.2 billones.
Lo segundo que se percibe ante el fiasco de la derrota es el aumento del desprestigio de los Estados Unidos y la desconfianza que se genera en las relaciones internacionales. La preocupación, que ya se ha hecho visible en Europa, tiene más perfiles en Asia en donde la presencia militar de Washington ha sido notoria. Resalta en esta región el caso de Taiwán especialmente por tratarse de declaraciones hechas por la misma presidente Tsai Ing-wen, quien el pasado 18 de agosto fue enfática en su cuenta de Facebook: “Los cambios recientes en la situación en Afganistán han dado lugar a mucha discusión en Taiwán. Quiero decirles a todos que la única opción de Taiwán es hacernos más fuertes, más unidos y más decididos en nuestra determinación de protegernos. No es una opción para nosotros el no hacer nada por nuestra cuenta y depender de la protección de otros”.
La confianza, lo mismo que la fe, se resquebraja cuando aparece la duda. Y así como la fe es indispensable para las creencias religiosas, la confianza es indispensable para mantener las relaciones entre las personas, las organizaciones y los países. Por eso crece el nerviosismo en Asia que se verá forzada a disminuir el buen ritmo al que venía hasta cuando haya más claridad. Aunque Corea del Sur, tan sensible a la presencia militar estadounidense, no se ha manifestado, en Japón el asunto ya es parte de los debates políticos que explican la visita de su canciller a Irán en estos días. Una reformulación de alianzas y de movimientos estratégicos será inevitable y los ojos seguramente se concentrarán en China.
Cuando los chinos emprendieron sus reformas en 1978, la meta que se trazaron fue la de alcanzar a Estados Unidos en 2050. Pero sin un plan como lo entendemos nosotros. Se trataba de avanzar, probar, rectificar y continuar. Un rumbo ambiguo y flexible que los ha convertido en los únicos con un horizonte definido enmarcado en una guía: la armonía y la cooperación y con un objetivo: el BRI (la Nueva Ruta de la Seda). Que son propuestas de profundo calado pues podrían conducir ni más ni menos que a un cambio de las instituciones y las herramientas de desarrollo de la postguerra, ahora en franco deterioro. En vez de socorrer al débil, ¿puede el mundo asociarse con él? Sin la violencia, ¿podría mezclar lo diverso para reconstruir un futuro sostenible? Mientras esto sucede allá, el resto del mundo parece atrapado en el corto plazo tratando de sobrevivir.