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Avatares de las guerras

Fernando Barbosa

14 de mayo de 2023 - 09:05 p. m.

Cuando Beijing y Londres negociaban la devolución de Hong Kong a China en la década de los 80 del siglo pasado, un comentario que oí algunas veces indicaba que los británicos, en los años 50, le habían propuesto a Zhou Enlai esa entrega. El Gobierno chino la habría descartado porque consideraban que el momento no era propicio. Tal anécdota me impulsó a indagar más y a buscar explicaciones para entender esas posturas que a veces nos producen inquietud. En este caso, el percatarme del manejo diferente del tiempo de los chinos en particular y de los asiáticos en general me permitió leerlos más adecuadamente.

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En 1923, hace 100 años, Keynes decía que en el largo plazo todos estaremos muertos. Deng Xiaoping, al contrario, no tuvo dificultad en proponer una espera de medio siglo para completar el proceso de devolución. Por un lado, las expectativas de Occidente, al que le cuesta trabajo esperar, y, de otra parte, la paciencia oriental propensa a dejar que los acontecimientos fluyan con tranquilidad nos explican algunas de las dificultades que se nos presentan para asimilar lo que sucede en esa parte del mundo.

En la misma línea recordemos lo que sucedió a raíz de la crisis asiática de 1997. Por ese entonces, el crecimiento de la economía china había acumulado suficientes méritos como para ganar el respeto y el reconocimiento del mundo. Pero su comportamiento continuaba siendo una incógnita a nivel internacional. Fue esta crisis la que le permitió emprender un nuevo rumbo en sus relaciones internacionales, el que concretó manteniendo la tasa de cambio de su moneda y sacrificando sus exportaciones que habrían podido dispararse, evitó la profundización de los problemas de sus vecinos y logró proyectarse como un responsable y confiable socio y actor regional de primer orden. Hoy, a ritmo reposado, está construyendo la nueva Ruta de la Seda que probablemente elevará su puesto en el mundo a niveles superiores.

De igual manera, repasemos lo que aconteció a raíz del bombardeo en septiembre de 2001 de la embajada china en Belgrado, llevado a cabo por la OTAN liderada por Estados Unidos. La voz moderada que habían mantenido los chinos se transformó en la voz airada y desafiante de un nuevo poder internacional que comenzaba a hacerse sentir. Desde entonces China permanece al lado de los importantes. Las sanciones económicas y comerciales que se han ejercido contra Beijing en los últimos años para debilitar su avance fácilmente pueden lograr lo contrario y catapultarlos hacia arriba. En el mismo sentido, la absurda guerra de Ucrania le está abriendo caminos como actor decisivo en la política internacional. Lo que se observa es que mientras Washington empuja sin comprometer su territorio y Europa pone en riesgo su desarrollo escudada en sus ideologías, la China de Xi Jinping comienza a proyectar su coreografía como gran mediadora.

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Mientras Estados Unidos y Europa intentan repetir lo sucedido con Alemania en Versalles en 1919, China reclama una salida honrosa para los contendientes. Antes del desatino versallesco, los japoneses ya habían aprendido después de la tremenda guerra de Genpei (1180-1185) que no se construye paz aniquilando al vencido. Y que resulta más productivo reincorporarlo en condiciones dignas. Hoy la baraja internacional es cada día más visible y ya se perfilan posibles beneficiados y perjudicados. Sin duda, según nos preparemos, todos encararemos riesgos o recogeremos dividendos.

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