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10 Sep 2022 - 5:30 a. m.

Capitalismo humano

A mano alzada

Una reciente encuesta de Reuters en Japón revela la preocupación de las grandes firmas no financieras ante la escasez crónica de personal. De un total de 495 firmas encuestadas, un 44 % contestó que están ofreciendo mayores salarios para atraer nuevos empleados. Lejos están los días del capitalismo humano que permitieron una sociedad equilibrada y un enorme desarrollo.

Aunque todas las síntesis son arriesgadas, podría decirse lo siguiente. Pasada la guerra, Japón hizo tres grandes democratizaciones: la política, que permitió la renovación de su clase dirigente; la económica, que convirtió en sociedades anónimas a las grandes empresas familiares de antaño (los zaibatsu), y una profunda reforma agraria, que convirtió los grandes latifundios en pequeñas parcelas que, además de dar empleo e ingresos, sirvieron de base para garantizar la seguridad alimentaria del país. Sin embargo, estas transformaciones no vinieron solas y fueron acompañadas por choques entre diferentes intereses políticos y sociales. Por un lado, los partidos progresistas —socialistas y comunistas— aliados con las clases más vulnerables y con los sindicatos. Y por el otro lado, los dos partidos conservadores, el liberal y el demócrata.

En 1955, en un hecho inédito, por iniciativa de la clase empresarial, liberales y demócratas se unieron en un nuevo y sólido partido, el Partido Liberal Democrático, que salvo unos cortos períodos de tiempo aún continúa en el poder. Esta acción fue seguida por otra decisión inesperada mediante la cual los conservadores se apropiaron de las banderas de la izquierda que hicieron posible el diálogo y la participación de todos para llevar a término lo que se conocería como el milagro japonés. Cuando hubo consenso sobre la construcción de una sociedad igualitaria en que todos tuvieran acceso a salud, educación, vivienda, empleo y salarios equitativos, fue posible unir propósitos y alimentar el milagro.

El fundamento del nuevo modelo fue el capitalismo humano, tal como lo rotuló el profesor Robert Ozaki de la California State University at Hayward (Human Capitalism, 1991), que “no es capitalismo ni socialismo, es un sistema altamente productivo orientado hacia la gente, basado en la premisa de que los recursos humanos —no pecuniarios ni materiales— son el capital más vital con el cual se crea e incrementa la riqueza de las naciones”.

Los años dorados del crecimiento y del bienestar llegaron hasta 1989 cuando todo se vino abajo: la economía, la banca, las empresas, la política. El detonante fueron las vulnerabilidades del modelo económico ya contagiado por el neoliberalismo y una corrupción galopante que estalló a lo largo y ancho de la sociedad. De ahí los efectos tan dramáticos que ocurrieron en todas las esferas. Se detuvo el crecimiento, aumentaron el desempleo y el empleo de calidad, y se incrementó la pobreza que hoy alcanza más del 16 %. Tremendo, si se compara con 1990 cuando la clase media era el 95 % de la población.

Hace un año, en plena campaña, el actual primer ministro Kishida ofreció dirigir el país hacia un “nuevo capitalismo” que se entendió como un regreso a un sistema más humanista. Como todo cambio, esto generó oposición por parte de los intereses ya establecidos y de los líderes más conservadores dentro de su mismo partido, circunstancias que han frustrado acción del Gobierno. Lo que deja claro que no se puede perder tiempo y que es imperiosa la necesidad de actuar con determinación.

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