Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Se vive por lo general en un espacio alinderado por la incertidumbre y el riesgo. Si se acepta esta premisa, entenderemos que el lenguaje para expresar nuestras experiencias no es otro que el de la ambigüedad.
Un discurso no tan conocido como el que pronunció al recibir el Premio Nobel de Literatura en 1994 fue el que leyó Ôe Kenzaburo hace 30 años, a finales de mayo de 1993, durante la reinauguración de la División Oriental de la Biblioteca Pública de Nueva York y que tituló “Japan, the Dubious and Myself”. Una traducción del mismo fue publicada en el Magazín Dominical de El Espectador (No. 608) del 8 de enero de 1995 como “Japón, su indecisión y yo”.
Allí el escritor, haciendo alusión al discurso de Kawabata cuando recibió el mismo honor en 1968, lo calificaba de esta manera: “La conferencia fue verdaderamente hermosa, así su contenido haya sido en extremo vago. Fue típicamente japonés en su belleza, lo mismo que en su ambigüedad. Quizás debería también decir que fue vago, ambiguo e indeciso. Estas son apenas tres de las traducciones del adjetivo japonés aimai-na. En un gran diccionario japonés-inglés, aparece la siguiente lista de equivalentes: vago, ambiguo, oscuro, equívoco, indeciso, dudoso, cuestionable, sospechoso, no comprometedor, indefinido, anieblado, doble y de dos caras”.
Para respaldar su aserto, Ôe agregó esta anécdota: “«Cuidado con los japoneses. Cuando ellos dicen ‘sí’, realmente quieren decir ‘no’». (¿O era al contrario?). Las palabras exactas se me escapan ahora, pero el presidente Clinton, según se informó, garrapateó algo en tal sentido. Aparentemente le estaba aconsejando al presidente Yeltsin sobre cómo negociar con Japón”.
El escrito de Ôe obliga a una reflexión sobre las limitaciones del lenguaje para transmitir términos y conceptos, muy especialmente cuando se trata de lograr acuerdos. Bastaría con recordar los dos discursos frente a la silla vacía en el Caguán, el de Pastrana y el de Tirofijo. Dos exposiciones distantes que se cruzaron sin lograr rozarse.
Ahora bien, como lo anota el escritor japonés, el asunto no se limita a las deficiencias de la comunicación sino al impacto de algo más hondo e indescifrable como la cultura. Por eso, apoyándome en los títulos de los discursos mencionados, he hecho lo propio con esta nota para resaltar una característica muy señalada de nuestro comportamiento: el caramelear, que consiste en “dilatar engañosamente la solución de un asunto”, según la RAE. Y que además nos enfrasca en discusiones bizantinas, es decir, aquellas que se extienden en nimiedades, detalles minúsculos, leguleyadas y muchas veces vericuetos inútiles que no solo impiden llegar a conclusiones y acuerdos sino que no tienen límites en el tiempo. En tal contexto, quizás se puedan entender las demoras que se presentan para aplicar un texto, supuestamente claro, como el artículo 22 de la Constitución Nacional que dice: “La paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”.
