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¿Cuál crisis?

Fernando Barbosa

06 de septiembre de 2023 - 09:05 p. m.

No es extraño que a veces alguien o nosotros mismos tengamos que preguntarnos cómo traducir nuestros propios términos. Lo sucedido en Japón en 1868, sirve bien para enmarcar el asunto. En aquel momento, al caer el gobierno de los Tokugawa, quienes se mantuvieron un poco más de dos y medio siglos en el poder, sucedió lo que en japonés se llama el Meiji Ishin. Meiji es el nombre del emperador que retomó el poder e ishin es el nombre con el que se trató de definir lo sucedido y cuyos efectos fueron enormes en lo político, en lo económico, en lo social y en lo cultural. Japón se volvió a abrir al mundo después de un largo encierro y se impuso como meta y necesidad la de modernizarse en todos los campos. Y solo en un par de décadas el país ya se perfilaba como una potencia internacional.

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Si aquellos cambios representaron un rompimiento, un revolcón u otra cosa, los términos empleados por los observadores, analistas y actores para traducir ishin pueden dar cuenta de ello. En el libro Meiji Ishin (1985) editado por Miguel Urrutia y Nagai Michio se advierte que la traducción literal del término puede ser “renovación”, “evolución” o “innovación”. Sin embargo, existen otras dos expresiones muy usadas en inglés que podrán reflejar mejor las dimensiones de aquellos hechos: “restauración” y “revolución”. Lo que sería suficiente para hacer notar los escollos que se presentan para poder leer lo sucedido.

Recordé lo anterior a raíz del uso muy extendido de la palabra crisis para referirse al momento que vivimos. Pues bien, como lo anota Reinhart Koselleck en su libro The Practice of Conceptual History (2002), “Quien abre el periódico hoy se encuentra con el término ‘crisis’. El concepto indica inseguridad, desgracia y prueba, y se refiere a un futuro desconocido cuyas condiciones no pueden dilucidarse suficientemente” (p. 236). Pero esta explicación, si bien nos aproxima a las percepciones, no alcanza a descifrar de qué se trata y tenemos que enfrentarnos a la ambigüedad. Lo cierto es que estos alborotos tienen sus consecuencias. No obstante, vale la pena referirse al libro Reflections on History de Jakob Burckhardt (1818-1897), escrito entre 1868 y 1885 y publicado póstumamente en 1906. El ejemplar que tengo a la mano es la traducción al inglés que apareció en Londres en 1943. En el capítulo 4 dedicado a las crisis en la historia tampoco se precisa el término. Sin embargo, resulta interesante lo que plantea el autor como el epílogo de estos estrujones:

1) Los excesos que se generan terminan sometidos por la fatiga. 2) La irritabilidad de la gente se transforma en apatía. 3) Si se llega a desbordar la violencia, los interesados terminan abandonando sus ideales y exigiendo un botín del caos. 4) En la medida en que desaparecen las cabezas, se posiciona una segunda generación. 5) Y los que quedan a salvo solo tratan de disfrutar y de salvar sus vidas. Ahora bien, si aceptamos tales posibilidades, sería útil acudir a Schumpeter que prefería no hablar de crisis sino de ciclos de prosperidad y depresión.

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Pero en medio del sacudón y mientras se recupera la calma, para atizar las pasiones surgen señalamientos frente a las líneas rojas, como los de tildar al presidente de dictador con temperamento absolutista, de terco y presa de una desbordada literatura. Y no me refiero al presidente Petro, sino a las incriminaciones que le hacía la oposición de lauroalzatistas, de anapistas y de algunos insatisfechos liberales al presidente Lleras Restrepo. Las circunstancias, por supuesto, se refieren a la férrea pugna de estos grupos en el Congreso que tuvieron en el filo la aprobación de la Reforma Constitucional de 1968.

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