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El momento histórico

Fernando Barbosa

12 de julio de 2023 - 09:05 p. m.

Sin correr muchos riesgos, podría decir que todos los días somos testigos de un “momento histórico”. A esa circunstancia nos atan los medios sin que actúe restricción alguna. Ahora, cuando nos preocupamos por lo que sucede y tratamos de indagar en qué momento y por cuáles causas debió modificarse nuestra vida, la calificación que se usa para valorar la política, la economía, el deporte, queda en el limbo sin contenido alguno. Una mirada hacia atrás nos deja con un inventario muy pobre de los acontecimientos que deberían habernos marcado.

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Por supuesto, no se trata de algo exclusivo de nuestra cotidianidad. Sin embargo, cuando alguien lo señala desde una orilla distante a la nuestra, la reflexión resulta útil y estimulante. Es como ir desarmado a un nuevo encuentro con los eslóganes, muletillas o frases que nos acechan a diario y en muchos frentes. Mi memoria ha sido tentada por una columna de Alex Lo publicada en el South China Morning Post (SCMP) del 1.° de junio pasado bajo el título “Cómo traducir la jerga diplomática occidental”, texto que da luces sobre los lenguajes con los que tenemos que lidiar cuando nos informamos sobre lo que sucede tanto en el exterior como aquí mismo.

De manera irónica, A. Lo menciona cuatro rótulos usados por la diplomacia occidental frente a países fuera de su órbita, China en especial. El primero es acudir al imperativo de que todos deben comportarse dentro de un sistema basado en reglas. Desafortunadamente, “reglas” resulta muy ambiguo o, en caso de que se trate de la ley internacional, Occidente no se percata de su constante violación. El segundo es el anunciado “desacople” de las economías de Estados Unidos y China impulsado por Trump y Biden. Propuesta bastante ilusoria que ya se ha degradado a de-risking (eliminación de riesgos), ante la respuesta de los mismos empresarios americanos. El tercer señalamiento tiene que ver con los ataques a los regímenes autocráticos, asunto bastante enclenque si se considera que Estados Unidos les vende armas a 49 países no democráticos. Y en cuarto lugar están los reclamos por las sanciones económicas chinas que causan poco daño y que, en términos de sus efectos, están lejos de los desastres que provocan las impuestas por Estados Unidos a regímenes más débiles.

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Hace años existía en la jerga japonesa, tanto en lo público como en lo privado, un mote; es decir, una “sentencia breve que incluye un secreto o misterio que necesita explicación”, según lo define la RAE. Era un artilugio que, si se desconocía, conducía a equívocos. Cuando se quería salir de un aprieto, se decía: “We will consider it in a forelooking manner” (lo consideraremos de manera previsora). En términos concretos, era una forma amable de no comprometerse, de dar la negativa o, aun más, de dejar la puerta abierta para cualquier futura alternativa. Al respecto, recuerdo mucho cómo lo usó la parte japonesa cuando negociaba con Washington la apertura del sector agrícola al comienzo de los años 80.

Por supuesto que la ambigüedad se amplía cuando la cultura se entromete. Bertrand Russell cuenta —Antología (1975), Siglo XXI, p. 412— que durante su estadía en China (1920-21) un par de negociantes lo invitaron a visitar una pagoda medio en ruinas. Él subió por las escaleras, pero sus acompañantes no. Al preguntarles por qué no subían, le contestaron: “Pensábamos subir, pero nos pusimos a discutir si debíamos hacerlo. Ambas partes dieron muy pesados argumentos, pero al final hubo uno que decidió la cuestión. La pagoda podía venirse abajo en cualquier momento. “Así, pues, llegamos a la conclusión de que, si esto ocurría, sería mejor que hubiera alguien capaz de atestiguar sobre la muerte del filósofo”. Y lo mejor, la conclusión de Russell: “Lo que querían decir era que hacía mucho calor y que estaban gordos”. En el interregno entre lo sucedido hace un siglo y lo que sigue sucediendo, nosotros seguimos cayendo en las trampas del momento histórico.

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