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29 Nov 2022 - 5:30 a. m.

El pulso de la historia

A mano alzada

El pasado 4 de noviembre, el canciller alemán, Olaf Scholz, viajó a China para entrevistarse con Xi Jinping. Fue una decisión ponderada y sensata que no ha sido suficientemente comentada. Lo cual no es extraño en medio del lánguido ánimo que rodea las controversias públicas tanto allá como aquí. El hecho ha traído a mi memoria algunos textos viejos que pueden servir para reflexionar sobre el momento y los temas que están sobre la mesa.

Paul Valéry, durante los inciertos años 30, meditaba sobre la suerte de los europeos. Por un lado intuía a Europa como un apéndice de Asia mientras por el otro nos advertía que “ante la perplejidad de tantos nombres e imágenes, quien se oriente hacia el este será incapaz de lograr una figura clara o un pensamiento definido” (Orientem versus, 1938). Hoy repetimos parte del guion: el Viejo Continente vacila entre el Asia y América, y esta última no compromete una respuesta descifrable.

Por aquella misma época, Baldomero Sanín Cano escribía entre nosotros: “Esta es una de las principales causas de la intranquilidad europea y de la falta de seguridad que atormenta a la mayor parte de las gentes en las naciones cultas. En Europa el sentimiento de inquietud se ha difundido hasta llegar al extremo Oriente, y allí están sucediendo acontecimientos de los que influirán seriamente en el curso de la historia; pero en Occidente, sobre todo en la parte de Occidente llamada América del Sur, la ignorancia sobre lo que pasa en China es casi absoluta” (en: Panorama de 1928). Basta con anotarlo pues no requiere explicación.

Hoy, igual que ayer, nos distrae la puja entre el diálogo y la polémica, asunto que el mismo Sanín nos ayuda a afinar. En su ensayo “Bernard Shaw o el sentido común”, publicado en 1932, manifiesta lo siguiente:

“La diferencia entre las dos capacidades [la del crítico y la del polemista] estriba en que el crítico busca la verdad desapasionadamente, y el polemista, en el mejor de los casos, está seguro de poseerla o de haberla encontrado, convicción que le impone el deber de defenderla. Digo en el mejor de los casos, porque frecuentemente el polemista no cree haber hallado la verdad y trata solamente de oscurecer el punto para desvirtuar los resultados de la contienda. La etimología misma de las dos palabras señala el abismo que media entre sus significados. Crítica viene de cerno, en griego kirno, que significa juzgar, discernir, pensar, examinar, en tanto que polémica tiene su origen en una palabra griega equivalente a guerra. En guerra no se busca la verdad: se la defiende, y si se llega a probar durante la contienda que es un error lo que se tenía por verdadero, la obligación de defenderlo no cesa. El soldado (polemistés) no tiene derecho a razonar; su oficio excluye el ejercicio de la facultad deliberante. Puede a lo sumo, como jefe o director de la guerra, escoger entre dos maneras de dañar al enemigo o de eludir o rechazar sus ataques; pero le está prohibido analizar las razones por las cuales se ha ido a la guerra y nunca podrá aceptar que él y su patria o su partido estén en un error”.

Y en medio de este tejemaneje, no alcanzamos a advertir las señales del Huainanzi, obra del siglo II a. C., cuya sabiduría nos exhorta así: “Los brotes de la buena fortuna son sedosos y finos, y el nacimiento de la mala fortuna es minúsculo y trivial. Dado que los comienzos de la buena y la mala fortuna son diminutos como un brote, la gente los pasa por alto. Solo los sabios ven sus comienzos y conocen sus finales”.

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