La visita a China del presidente francés, Emmanuel Macron, y de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, a comienzos de abril, tuvo resultados destemplados. Lo que probablemente fue un intento de llevar lo multilateral se encontró con un Beijing más proclive a lo bilateral. El protocolo se encargó de poner las cosas en su sitio: los honores se le ofrecieron a Macron de tal forma que la Comisión Europea quedó marginada y disminuida la pretensión de presentar a Europa unida como interlocutor válido.
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Una referencia al pasado podría ser útil para releer lo acontecido. A propósito resulta muy ilustrativo hoy observar lo que significó el envío de la misión del rey Jorge II de Inglaterra ante el emperador Qianlong en 1793. Para tal efecto nombró como embajador plenipotenciario a George McCartney con el encargo de establecer relaciones diplomáticas en igualdad de condiciones y mejorar los intercambios comerciales y tecnológicos. Todas sus metas fueron rechazadas de plano por los chinos.
Vista aquella misión desde la perspectiva de hoy, se hace palpable el desfase entre la realidad y los deseos. Sin más ni menos, los chinos constituían la mayor economía del mundo y las pretensiones inglesas significaron un desafío inaceptable. Por eso no sorprende la carta que envió el emperador Qianlong al rey Jorge en la que le manifestaba lo siguiente:
“Dominando el ancho mundo, solo tengo un objetivo en vista, a saber, mantener un gobierno perfecto y cumplir con los deberes del Estado: los objetos extraños y costosos no me interesan. Si he ordenado que se acepten las ofrendas de tributo enviadas por ti, oh, rey, esto fue únicamente en consideración al espíritu que te impulsó a enviarlas desde lejos. La majestuosa virtud de nuestra dinastía ha penetrado en todos los países bajo el cielo y los reyes de todas las naciones han ofrecido su costoso tributo por tierra y mar. Como tu embajador puede ver por sí mismo, poseemos todas las cosas. No doy valor a los objetos extraños o ingeniosos, y no tengo ningún uso para las manufacturas de tu país”.
De vuelta al presente, además del nerviosismo de Occidente frente a un nuevo actor de gran peso, lo que revelan las aproximaciones de Alemania en noviembre de 2022 y ahora las de Francia y la Comisión Europea con los chinos son señales de cansancio, de desgaste, de incertidumbre y de pesimismo frente a un futuro oscuro. La guerra no ha podido desmentir el hecho de que China es la segunda potencia económica del mundo y que está reclamando un puesto de primera línea en la política mundial, aspiración que Estados Unidos se empeña en bloquear. Europa ha quedado en el medio y será, como van las cosas, la que pagará los platos rotos.
Más allá de las ideologías, los hechos muestran el nivel de la competencia a la que Occidente se enfrenta. Para dimensionarla, bastaría con el análisis de estos dos resultados obtenidos por los chinos: la formidable reducción de la pobreza y la conformación de una clase media que suma más de 700 millones y que contrasta con los 165 millones en la economía de Estados Unidos.
Deng Xiaoping pregonó que no importa el color del gato sino que cace ratones. Nosotros seguimos discutiendo cuál debe ser la pelambre del animal, mientras nos llenamos de roedores. Occidente desestimula el cambio. China lo propicia. Lo cual no significa claudicar. El equilibrio no se logra combatiendo sino construyendo.