El Heike Monogatari, escrito en el siglo XIII y una de las grandes obras de la literatura japonesa, comienza así: “El sonido de la campana de Gion Shôja nos recuerda la fugacidad de todas las cosas”. En el relato se cuenta la historia de una de las guerras civiles más trágicas que ha sufrido Japón (1180-1185) en la que uno de los clanes, los Taira, fue físicamente exterminado por su rival, el clan de los Minamoto. Como consecuencia de ello, el refinado período Heian llegó a su fin y se abrió paso el bakufu, es decir, a los gobiernos militares que rigieron el país hasta mediados del siglo XIX, cuando se reestableció al emperador Meiji como cabeza del gobierno.
Salta a la vista la misma amargura que nos deja Aquiles al final de la Ilíada. ¿Valen la pena tantos muertos? Pero en el Heike la desolación va más allá. Se nos advierte desde el comienzo que, al final de todas las cosas, cuando se extinga el resonar de la campana, todo habrá desaparecido.
Un reporte publicado en la revista The Lancet Global Health en noviembre de 2025 también me recordó los días de tensión vividos durante el Proceso 8.000. En aquel entonces, cuando Washington le quitó la visa al presidente Samper, se temió que uno de los pasos siguientes de los Estados Unidos podría ser el de cerrarle la puerta a nuestras exportaciones. En ese contexto, y tratando de construir escenarios, cayó en mis manos un análisis de la National Association of Manufacturers en el que se analizaba el impacto de las sanciones unilaterales impuestas entre 1993 y 1998. La conclusión, palabras más, palabras menos, era contundente: las sanciones no tuvieron el resultado político esperado de debilitar al contrincante sino lo contrario en la medida en que aquel terminó más fortalecido tras despertar los sentimientos nacionalistas de su pueblo. Pero, por supuesto, el inevitable costo se traspasó a la población, que fue la que al final terminó pagando los platos rotos.
Por otra parte, el reporte más amplio, refinado y reciente de Lancet que resulta dramático, revela el efecto de las sanciones impuestas por los Estados Unidos y la Unión Europea en el período comprendido entre 1970 y 2020. Las estimaciones indican que el número de muertos atribuibles a las medidas unilaterales de estos dos protagonistas, alcanzaron la cifra de 30 millones de víctimas. Son los daños provocados por las restricciones en la entrega de medicinas, el hambre, la desnutrición, la falta de agua potable, la reducción del suministro eléctrico, las pérdidas de empleo, el impacto negativo en las economías, etc. Se revela que en las dos primeras décadas de este siglo las sanciones recayeron en más de 60 países, la mayoría del sur global.
Resulta desalentador repasar estos datos y sumarles casos horribles como los de Gaza y el Medio Oriente junto con el aislamiento de Cuba y los demás conflictos militares y las hambrunas que afectan a cerca de dos mil millones de personas.
Tales realidades me remontan al final del Heike. Cuando resuena la campana del templo Jakkôin que anunciaba el atardecer, y ya próxima a la muerte, la última Dama Imperial, apartándose de la tradición de rezar por el futuro de la casa imperial mientras se mira al levante, esta vez mira al poniente y, con la certeza de que no habrá mañana en este mundo, implora: “que los sagrados espíritus de los muertos renazcan en la Tierra Pura de Amida”.
Hoy siento que el sonido de la campana de Gion Shôja y el resonar de aquella de Jakkôin me doblegan tanto como todas las barbaridades que nos rodean.