30 Oct 2020 - 3:00 a. m.

Japón: estética y ambigüedad

Con la renuncia de Abe Shinzo y el nombramiento de Suga Yoshihide como nuevo primer ministro de Japón, se renueva la búsqueda de señales para tratar de entender los posibles cambios en el manejo del Estado. Una comparación entre los discursos que Kawabata Yasunari y Ôe Kenzaburo pronunciaron al recibir el Nobel de Literatura en 1968 y 1994, respectivamente, quizás pueda ser de utilidad.

El titulo del texto que leyó Kawabata en Estocolmo fue “Japón, su belleza y yo” (Utsukushi, Nippon no, watashi). Fue, sin duda, una alabanza a la estética de la naturaleza como fuente de la literatura japonesa, de su poesía y del carácter de su pueblo. En forma retrospectiva, nos lleva por los poetas zen del Medioevo hasta llegar a los clásicos del período Heian como el Ise Monogatari y el Genji Monogatari, obra cumbre de la literatura japonesa escrita por Lady Murasaki hace diez siglos.

La bandera de Abe en su primer y truncado gobierno (2006-2007) estuvo inspirada en su libro Hacia un bello país (Utsukushii Kuni e), en el que coincide con la inspiración de Kawabata, pero va más allá. En efecto, Abe no parece nutrirse directamente de lo clásico sino de quienes rescataron los clásicos. Me refiero especialmente a Norinaga Motoori (1730-1801) quien, más allá de revaluar obras como el Kojiki (712) y el Genji Monogatari, no se contentó con su rescate literario, sino que las proyectó como el fundamento del nacionalismo que ha sobrevivido hasta nuestros días. Fue así como literalizó o estetizó la política de una forma muy peculiar en la que se rechazó el confucianismo y con ello lo lógico y racional, para afirmarse en las emociones, en el corazón. La pureza de Japón se entendió como el fundamento para declarar su superioridad frente a los demás y, particularmente, frente a China. Y tal ha sido el espíritu que ha inspirado a la derecha japonesa desde el siglo XIX hasta hoy.

Si bien esa politización de la estética o estetización de la política siempre ha estado presente y se ha expresado con mayores o menores grados de nacionalismo, la sociedad de la posguerra ha optado por rumbos más moderados. Y en este punto, el discurso de Ôe en Estocolmo puede servir para ilustrar el asunto. El título que escogió el autor fue “Japón, su ambigüedad y yo” (Aimai na Nihon no watashi). Los dos ideogramas con que se escribe Aimai-na significan “oscuro”. Y, en otras palabras, oculto, indeterminado, vago. Que representan bien las formas de comunicación en una cultura que permanentemente evita el conflicto y que prefiere ser dirigida por un hombre que concilie y no por un líder que ordene.

Suga pertenece a esta última clase, como lo ha demostrado al conformar su gabinete con todas las fracciones de su partido y con la manera como ha encauzado las relaciones exteriores. Sus primeras conversaciones telefónicas con Washington, Beijing y Seúl fueron gestos amigables, pero los mensajes iban por otro lado: pausa con Estados Unidos hasta después de las elecciones; buenos deseos con China y Corea, pero nombra como ministros a Kishi, para la defensa, reconocido amigo de Taiwán, y a Tarô Kôno, para la reforma administrativa, en cuyas manos se deterioraron hondamente las relaciones con Seúl. Y a esto se le suma el haber escogido como destinos de su primer viaje internacional a Vietnam e Indonesia. Queda así allanado el camino al pragmatismo, amparado bajo la ambigüedad, que parece una buena alternativa al debilitamiento regional de Washington.

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