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Olímpicos: “post tenebras lux”

Fernando Barbosa

25 de julio de 2021 - 10:00 p. m.

Con la esperanza de Job, confiemos en que después de las tinieblas vendrá la luz. Porque si hay algo que define estos Olímpicos 2020 es la oscuridad.

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La rebelión de Satsuma de 1877 fue el último levantamiento militar en contra de la occidentalización que se imponía en Japón bajo el liderazgo del emperador Meiji. La cabeza del levantamiento fue Takamori Saigô, quien, ya herido, fue decapitado por un fiel samurái después de que sus fuerzas fueran aniquiladas en la batalla de Shiroyama. Estos versos de alguno de sus seguidores, al borde del final, dan cuenta del contexto en que sucedieron los acontecimientos: “Si fuera gota de rocío, me refugiaría en la punta de una hoja, / pero como soy hombre, no hay sitio para mí en el mundo”. Versos que dejan claro el callejón sin salida en que se encontraban, como también la estética que se yergue frente a la tragedia que se afronta con el mayor heroísmo: morir para poder vivir.

Los costos de esta rebelión fueron enormes tanto en vidas humanas como en recursos materiales. El gobierno se vio forzado a abandonar el patrón oro e imprimir moneda para superar la crisis. Ahora, vista en retrospectiva esta acción tan intrépida y condenada al fracaso desde sus inicios, no es aventurado compararla con los Olímpicos de este año. Aplazados el 24 de marzo de 2020 a causa de la pandemia, sus preparativos se retomaron a finales de mayo, cuando se levantó la emergencia. No obstante, el camino desde entonces ha sido tortuoso: cambio en el diseño del estadio principal, modificación del emblema ante denuncias de plagio, renuncia del director japonés por escándalo sexista, estallido de la pandemia, rechazo del 80 % de la población a la celebración del evento sumado a las claras advertencias sobre su inconveniencia por parte de autoridades médicas y científicas locales e internacionales. Se llegó a extremos como el del diario Asahi, que le imploró al primer ministro la cancelación y el del mensaje discreto del emperador, quien, a pesar de sus limitaciones constitucionales para intervenir, no pudo sustraerse a su responsabilidad y expresó su preocupación por los peligros de llevar a cabo estos eventos en medio de la pandemia. Todo esto, en un país con una sólida cultura para actuar al unísono, ha representado una fractura grave.

Ya causado el daño, solo faltaban nuevos acontecimientos para el puntillazo final. El anuncio de Toyota de retirar su nombre como patrocinador (ya lo había hecho la firma Ajinomoto, a la que se sumaron otras empresas); el registro de 1.979 contagios el día anterior a la inauguración y, lo más significativo, las palabras del emperador Naruhito a T. Bach, presidente del COI, quien le prometió a su majestad que su organización haría los máximos esfuerzos en prevenir riesgos para los japoneses. La respuesta imperial, que en el lenguaje de la Corte no admite duda, fue: “A far from easy task”.

El deplorable manejo del COI en estos olímpicos, su exorbitante costo más los contratos leoninos que rondan las justas y la falta de transparencia tendrán que pasarle la cuenta, pero el mayor precio lo cubrirá Japón. Además del desprestigio que afrontará, queda un país fraccionado y con dos de sus bases fundamentales en vilo: el respeto y el consenso. Lo positivo es que, a lo largo de la historia, crisis como la que se franquea hoy han sido determinantes para las reformas que de otra manera no se hubieran podido concretar. Reformas que serán inspiradas por el espíritu japonés, que está sentado en las graderías vacías en los sitios de las competencias. Ojalá sea así.

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