Cabalgamos con la cincha floja, sin bridas y sin estribos. Nos hace tambalear el cambio. Las fórmulas, soluciones, teorías que nos daban la mano también están quedando a la deriva. El reto que se nos presenta, lejos de ser una catástrofe, encarna un desafío extraordinario que nos permitirá despejar el horizonte y rediseñar el futuro.
He recordado las dos crisis del petróleo, las de 1973 y 1979, época en la que trabajaba con Sumitomo, una firma japonesa. El primer sacudón no se limitó al alza de los precios de la energía y a lo económico. Todavía permanecían vivos los efectos de los shocks de Nixon. El primero en 1971 cuando Washington puso fin a la convertibilidad del dólar por oro e impuso un aumento en los aranceles. Y el segundo en 1972 cuando tuvo ocurrencia el viaje de Nixon a Beijing que terminó con la normalización de relaciones entre Estados Unidos y la República Popular China, hecho que desbarajustó la política regional e internacional. Los Estados Unidos que hasta entonces habían sido el pilar sólido de Japón, perdieron credibilidad y Tokio tuvo que adaptarse a las nuevas circunstancias: estaba más solo que acompañado.
La segunda zarandeada, la de 1979, dejó en evidencia que el problema del petróleo sobrepasaba los efectos de los precios, reveló la inseguridad de los suministros energéticos y la propensión a las crisis.Estas realidades obligaron a replantear las estrategias industriales, comerciales y económicas y fue en ese contexto en el que Sumitomo nos solicitó a todos los empleados proponer un eslogan que pudiera convertirse en guía inspiradora. De allí salió el lema de “Open eyes on all”. Eso nos llevó a abandonar muchas de las cosas que estábamos haciendo, a modificar otras y, lo más importante, a abrir nuevos campos. Tuvimos que reeducarnos y modificar las bases: qué significaban las ganancias, qué exige la supervivencia, qué mensajes nos revelaba el tiempo a corto, mediano o largo plazo. Ciertas prioridades se hicieron más fuertes como la de proteger la sociedad y mantener sólida y sana la base laboral. Y las pérdidas también recibieron un nuevo tratamiento: era posible diferirlas en el tiempo.
Los cambios por los que atraviesa no sólo Colombia sino el mundo entero, no nos permiten discutir sobre si nos gustan o no. Son realidades ineludibles. Podríamos quedarnos quietos y esperar a ver qué pasa. Pero resulta más seductor, pienso, refrescar las perspectivas y abrir nuevas rutas.
Al parecer, todo podría reducirse a lo siguiente: determinación. Como la que tuvo Julio César al pronunciar su célebre “alea iacta est” (la suerte está echada). O esta más contundente y profunda del exigente monje zen Shidô Bunan (1603-1676): “Muere mientras vivas,/ ¡muérete completamente!/ Haz entonces/ lo que se te antoje/ y todo estará bien".