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Rasguñando votos

Fernando Barbosa

01 de enero de 2021 - 10:00 p. m.

Los debates sobre la cosa pública se han vuelto un galimatías sofístico que cierra el paso a las soluciones que Colombia requiere. Pareciera que necesitamos una pausa para recapturar lo esencial. Como en el comentario de santo Tomás al final de sus días, quizá sería suficiente con volver a Aristóteles. En otras palabras, se necesita despejar la maraña de artimañas y ardides que no dejan pensar con claridad ni reconocer que los cambios semánticos y otras tretas no logran desvirtuar la realidad.

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Una columna reciente de Sandra Borda, sobre la viabilidad de una posición de centro frente a la actual polarización, me condujo a repasar los acontecimientos políticos de finales de los años 40 y el discurso de Alberto Lleras del 23 de septiembre de 1955, en el Tequendama.

Un ambiente político envilecido, carcomido por las pasiones y la insensatez, alcanzó el punto de mayor bajeza el 9 de septiembre de 1949, cuando en el Congreso los argumentos fueron sustituidos por las balas. Murieron dos congresistas y hubo varios heridos como producto de los 50 tiros que se dispararon. Lo que se discutía eran las objeciones del Ejecutivo a una ley aprobada por los congresistas cuyo objetivo era cambiar la fecha de las elecciones presidenciales.

En las intervenciones de los representantes de los dos partidos, el Liberal y el Conservador, hubo de todo: desde muy elocuentes y afinados argumentos políticos y jurídicos, hasta la más agresiva virulencia en el lenguaje que subió los ánimos y tuvo el desenlace fatal que se mencionó. Lamentable situación pareciera querer repetirse cuando se siguen en esta época los debates en el Congreso. Por fortuna, ya no se permite que los congresistas acudan al Capitolio armados, como en 1949. Pero las consecuencias fueron funestas en aquel entonces. El país y sus instituciones se desbarrancaron, el presidente terminó cerrando el Congreso y se desbocó la violencia. El 13 de junio de 1953 se sintió un respiro con el golpe militar de Rojas Pinilla, respiro que no logró mantenerse hasta cuando se consolidó el Frente Nacional.

Tiempo después, para acallar las voces de la oposición, el 3 de agosto de 1955 Rojas cerró el periódico El Tiempo y poco después hizo lo propio con El Espectador. Este hecho se convertiría en el punto de inflexión para tumbar la dictadura. Y el punto de partida se daría con el discurso de Lleras Camargo, mes y medio después, que se conoce como el discurso del Tequendama. La ocasión fue un banquete de desagravio ofrecido a Eduardo Santos, propietario de El Tiempo. Lleras estructuró el texto como un homenaje al expresidente, pero en el fondo el homenaje fue para la democracia que había sido seriamente herida. No obstante, además del contenido mismo, lo de gran aliento fue la confesión del propio Lleras de haber decidido bajar “literalmente de mis riscos universitarios” para ser el oferente del acto. En efecto, él estaba voluntariamente retirado de la actividad política y dedicado a sus responsabilidades como rector de la Universidad de los Andes.

Aparte de las coincidencias de tiempo y lugar, lo que hoy nos sucede tiene muchas similitudes. En medio de una violencia creciente y una crisis social muy compleja, nos hemos enredado en cálculos probabilísticos, en malabarismos y estrategias para rasguñar votos aquí y allá. Tenemos que esforzarnos para acabar con estas mañas electoreras que hemos alimentado por mucho tiempo para convertirnos en una democracia falsa o por lo menos vacía. Al igual que en 1955, y como lo anota Borda, necesitamos lo que aún no vemos: un líder capaz de dejar la piel en la contienda.

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