En El elogio de la sombra de 1933, Tanizaki Junichiro nos describe las dificultades de construir una casa a la manera tradicional de Japón. En efecto, el diseño original no contemplaba ductos para la energía, para el agua, para la calefacción y otro tanto sucedía con los materiales que la modernidad había introducido. Si embargo, nada que contraste más con los gustos de este lado del mundo que lo que se refiere al retrete.
Narra Tanizaki: “El maestro Sôseki encontraba un gran deleite en hacer sus necesidades cada mañana, y si bien él lo consideraba, al parecer, un placer fisiológico, cuando se trata de esos disfrutes, qué mejor lugar que el retrete japonés para contemplar el azul del cielo o el verdor de las hojas rodeado por las quietas paredes con su madera veteada, de sencilla distinción”. Y agregaba: “Nuestros antepasados, que todo lo poetizaban convirtieron ese que podría haber sido el más inmundo de los rincones de la casa en un lugar de máxima distinción, ligándolo a la contemplación de las bellezas naturales y sumiéndolo en dulces asociaciones mentales”.
Tales reflexiones hacen notables los matices cuando nos esforzamos por discernir la realidad. Si bien tanto el Sol como la Luna alumbran, lo hacen de manera diferente. A la luz del día podemos ver las cosas con mucha claridad y detalle, pero no logramos observar el firmamento. Lo contrario sucede en la noche, cuando el cielo queda a la vista y otros sentidos como el oído, el tacto y el olfato completan el paisaje.
El padre Francisco Franco, OFM, nuestro profesor de filosofía en el colegio, nos bombardeaba permanentemente con frases y citas de los pensadores famosos. Guardo el libro de texto de aquel entonces lleno de apuntes. Una de esas citas fue la famosa “Solo sé que nada sé”, de Sócrates. Jamás podré borrarla, pues me caló de por vida: la erudición vale, pero jamás llega a puerto. El conocimiento es una construcción infinita.
Desde la orilla asiática, Confucio fue honesto de la misma forma. En Analectas VII: I se lee: “El Maestro dijo: “Soy un transmisor, no un creador, soy uno que cree a los antiguos y que gusta de ellos…”. Pero también tuvo espacio para el consejo: “Cuando veamos personas ilustres pensemos en igualarlas, cuando veamos personas llenas de defectos, volvámonos hacia dentro y examinémonos (IV: XVII)”.
Con lo anterior resulta evidente la utilidad del conocimiento acumulado para tratar de descifrar la realidad si con honestidad nos esforzamos en aceptar que lo que avance la humanidad siempre resultará insuficiente. Todo lo construido podría compararse con una red tejida con hilos y amarrada con nudos que representan lo que sabemos, lo que hemos experimentado, lo imaginado, lo soñado. Pero igual que el pescador, la cosecha, sea cual fuere, no satisfará totalmente la meta de atrapar letra por letra la existencia. La trama da más espacio a lo que se escapa que a lo que se atrapa.
No sería descabellado pensar que si lográramos entender la suma de lo que nos revelan el fulgor del mediodía por un lado y de los caminos que nos descubre una leve luminosidad, de otra parte, haríamos más eficiente la comunicación y menos fatigosa la construcción de los diálogos y de las negociaciones.