Colombia tiene un mandato claro. La orden de los electores, de manera unánime, es el cambio. El reto ahora es definirlo, estructurarlo, negociarlo e implementarlo. Es una tarea de inmensas repercusiones que requerirá el liderazgo político del presidente Petro y de la cabeza fría de la tecnocracia que esta vez tendrá que combinar la teoría con la imaginación y la innovación para inspirar el país del futuro. Las alternativas se enmarcan entre las posibilidades de que se adopten unos retoques o se adopten las reformas que reclama la inmensa mayoría. Lo que no admite duda es que por fin abrimos la puerta al siglo XXI.
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El punto de partida es doble: en una orilla, la vulnerabilidad y precariedad en que se encuentra la sociedad. Y en la otra, el fracaso del modelo que venía funcionando. Esto último, por supuesto, no es novedoso ni exclusivo. Lo que ha sucedido en el mundo en las décadas pasadas deja a la vista sus efectos y su magnitud.
Con estas incógnitas sobre la mesa, he recordado el primer encuentro que tuve con el doctor Okita Saburo durante una reunión del Club de Roma, en Tokio. Canciller entre 1979 y 1980, había sido antes jefe de investigaciones para el Consejo de Estabilización Económica en 1947, jefe de la unidad de cooperación económica de la Agencia de Planificación Económica (EPA) en 1953, luego director general de la Oficina de Planificación de ese organismo en 1957 y, en 1963, director general de la oficina de desarrollo de la EPA.
El punto más crucial de aquel encuentro fue el relato de cómo el Japón, destrozado después de la guerra, decidió el camino que quería recorrer. Los tecnócratas internacionales recomendaban una reconstrucción a partir de la mano de obra, que era el único recurso de que disponía, lo que fue inevitable en el arranque. Sin embargo, los analistas japoneses, incluido el mismo Okita, entendieron que en el futuro la gran competencia bajo tales parámetros vendría de América Latina. Que los aventajaba porque contaba con los recursos naturales de los cuales Japón carecía. Entendieron que la tarea no era la de paliar las heridas, sino inventarse un nuevo Japón. Y bajo el liderazgo del primer ministro Yoshida escogieron otra vía: el futuro dependería de un desarrollo basado en una política intensiva en capital. Esa fue la génesis del milagro japonés.
En Corea tuve otra experiencia similar. El eje central del modelo que quería implementar el general Park fue la construcción de una gran acería. El estudio de factibilidad hecho por tecnócratas extranjeros era negativo. La banca multilateral, la comercial y varios gobiernos se negaron a financiar el proyecto. En Seúl tuve la oportunidad de conversar con quien había sido el secretario privado de Park y aproveché para pedirle que me ilustrara sobre los fundamentos que tuvo el gobierno para sacar adelante el proyecto. La respuesta fue inmediata y contundente: “Determination”.
La adopción crítica de un modelo de desarrollo en Japón y la construcción de una obra fundamental en Corea seguramente no hubieran sido posibles sin la confluencia de esos dos formidables elementos: la determinación política de los gobiernos y la posición crítica de los tecnócratas frente a las fórmulas del momento. Que en nuestro caso resulta crucial en la medida en que los modelos están agotados y en que la teoría no tiene respuestas para encarar los nuevos desafíos. Crítica e innovación es lo que requeriremos.