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Dos culturas opuestas

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Fernando Toledo
28 de marzo de 2014 - 01:05 a. m.
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En los días libres nada mejor que tomar, casi al desgaire, una carretera y dejarse llevar por las rutas y caminos de una Colombia que parece ir cambiando a velocidades fantásticas y no siempre para mejor.

En el pasado puente se me ocurrió bajar a Honda para encontrarme con uno de esos pueblos patrimonios que alienta la esperanza con sólo transitar por sus callejuelas empedradas, descansar en la hermosa Plaza del Rosario, adentrarse en la imponente plaza de mercado y atravesar los puentes sobre el Magdalena, el Gualí y el Río Negro que dejan salvar aguas tan significativas en el desarrollo del altiplano como las de esas corrientes que franquearon arzobispos, virreyes, oidores y otras autoridades que por voluntad propia, por destino y hasta por egocentrismo llegaron a estos andurriales tras los primeros años de la conquista. Lo maravilloso es que Honda sorprende: la restauración de las pocas pero muy significativas casonas, además de valer la pena, permite adentrarse en un retazo muy significativo del pasado y si bien hay que reforzar la infraestructura turística con algún hotel y con restaurantes, podría decirse que el asunto va por buen sendero.

Ya en Honda, a más de la mitad del camino, resolví explorar el paisaje del Magdalena medio antioqueño y rodé hasta la zona de Doradal, Puerto Triunfo y el Cañón del Rio Claro y, salvo este último paraje de indescriptible belleza y donde apenas se dispone de un medianamente aceptable hotel con una pésima comida y con un peor servicio, no pude menos que sorprenderme con la zona antes mencionada: En la famosa hacienda Nápoles, la huella de Pablo Escobar sigue incólume y cuanto tiene que ver con él, que es todo, tiene un sabor a homenaje perverso. ¿Tiene sentido conservar un zoológico que hiede a mal? ¿Es pertinente, en vez de distribuirlos en los casas de fieras del país ( Pereira, Barranquilla, etc.) que unos bichos sigan enseñándole, sobre todo a las nuevas generaciones mientras estas se gozan los grandes juegos de plástico, que el mal si produce réditos? Un pésimo ejemplo, para colmo sostenido por el estado; otro prueba de la tan manida conducta del atajo o del atroz certidumbre de que lo que vale es el dinero sin que importen los métodos. A pesar de la repugnancia que produce, la visita de marras es probable que a alguien le provoque cierta admiración y con uno solo que no otee la evidente sombra de la picardía que pulula por ahí sería más que suficiente para enunciar su malignidad. Lo otro es que, de nuevo, el morbo de la iniquidad, como puede verse a cada instante en lo mediático, se empeñe en invadir una vez más invadir el país como ya ocurrió en otros tiempos. Si es así más vale tener cuidado…

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