El menú del Festival, qué duda cabe, va de suculencia en suculencia.
La propuesta de la semana siguió con dos obras maestras de la teatralidad y de la dramaturgia. La primera es de la República Checa; bajo el título de Europeana y la dirección de Jan Mikulaék se entremete, con sorna y profundidad, con esa Europa rayada, como diríamos por aquí, por el siglo XX y que tan bien describe el historiador Hobsbawm. La Europa capaz de inventar el brassier y la tortura moderna. Una impresionante revisión llena de una mordacidad implacable que, en un segundo, deja pasar de una carcajada desgarrada, por que duele un poco el alma, a un ensimismamiento guiado por un texto tomado, en parte, de la novela homónima de Patrik Ourednik. Impresiona en la propuesta, la vinculación con otros grandes centros de producción europea: ahí se ve la estética de un Jan Fabre o la revisión escénica que construye la contemporaneidad alemana y que se consiguen con la ayuda de una plasticidad visual capaz de metaforizar con esa devastación integral y coherente con el neoexpresionismo abordado. Una gran puesta que remueve hasta en la grisalla de la burocracia europea de hoy, llena de siglas y de organismos que parecen estar dedicados apenas al trámite de coyunturas, cuyo paso por Bogotá será recordado como el de tantas otras compañías de la Europa del Este o del Norte que han dejado huella imborrable.
A diferencia de la obra anterior, en donde el escenario queda convertido en un chiquero intencional, desde cuando se ingresa a la Sala del Santo Domingo para asistir a La dama del mar, de Henrik Ibsen en revisión de Susan Sontag, el espectador se encuentra con uno de los escenarios más impolutos que podrá recordar. Una geometría perfecta que irá ajustándose a las necesidades dramáticas, le da paso a un ballet de cadencias y soberbios movimientos escénicos que apenas parecen alterados por la justeza de un texto lleno de poesía y de unas sonoridades imprescindibles. Seis actores virtuosos de la compañía brasileña Sesc, en una obra que ha debido inaugurar el festival, un vestuario que trae a la memoria el drama clásico y que, sin embargo, no deja atrás la atmósfera noruega, completan una propuesta que desde ya, y apenas iniciando la fiesta teatral de este 2014, se advierte como uno de esos recuerdos que marcarán para siempre la historia del Iberoamericano. No podía esperarse menos del talento del texano Bob Wilson: un hombre multifacético en el teatro que ha trabajado con algunas de las primeras figuras mundiales, que él mismo lo es, que ha escrito textos dramáticos y óperas; arquitecto y escenógrafo y diseñador de montajes que son un paradigma en los principales teatros del mundo. Baste recordar el inolvidable Orfeo y Eurídice de Gluck, en el Chatelet de París, hace unos 10 años.
*Fernando Toledo