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El sortilegio de una plática

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Fernando Toledo
20 de enero de 2014 - 11:00 p. m.
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Bajo el crepúsculo de las sabanas de Bolívar, el 12 de enero pasado, un desfile de vehículos se dirigía hacia el sur, por la carretera que lleva a El Carmen, en busca de la desviación sin mucho asfalto que conduce a la aldea de San Basilio de Palenque. El pueblecito, a pesar de contener un patrimonio inmaterial de la humanidad, muestra un abandono consuetudinario y ni siquiera merece las señales que permiten alcanzarlo sin trabas. En un cruce de caminos al preguntarle por el caserío a un policía, con evidentes señales de afrodescendencia, dijo: siga derecho y cuando llegue a un pueblo lleno de negros, ahí es.

No había estado en Palenque, pero fue un acierto ir esa tarde cuando tuvo lugar un diálogo que amén de conmover puso de presente que el único esperanto es la música. De hecho se cerraba, en la recién embaldosada plaza del pueblo, el VIII Festival de Música de Cartagena con la presentación de Geza y sus Virtuosos Bohemios, uno de los grupos invitados, de origen gitano, que actuaría frente a un conglomerado humano que convirtió los tambores africanos y la ritualidad ancestral en un lenguaje sui géneris. Una plataforma, las luces y las sillas dispuestas para acoger el público no dejaban duda.

Con timidez, los habitantes de la población fueron ocupando, al principio, las últimas filas de la improvisada platea y otros sacaron asientos de las casas vecinas para no perderse el espectáculo. Los niños revoloteaban mientras los puestos se iban llenando y una vieja pontificaba sobre “las guitarras grandes” que ocupaban el escenario y que eran reproducciones del violín emblemático del festival. De pronto se hizo el silencio: un pianista salió de la tras escena, se enfrentó a un piano de cola, acaso el primero que estuvo jamás en Palenque, y abordó el primer movimiento de la Rapsodia húngara de Liszt. Luego vino la música de Bártok y las danzas de Brahms acabaron de fraguar el hechizo. Los zancudos se solazaban con la carne de los europeos, mientras el público se sonreía con algo de burla pero sin dejar de oír. Los sucesores del fundador Benhos Biokho, bajo la estatua de este, cuyos brazos extendidos expresan el ansia de la libertad, no pestañeaban; los organizadores del festival esparcían por el escenario nubes de repelente y los violines seguían proyectando lamentos de origen zíngaro ante un auditorio embelesado.

Esa noche dialogaron, por primera vez en la historia, los descendientes de los esclavizados que sobrevivieron a la tortura de los siglos y un grupo de artistas cuyos ancestros, con seguridad, vivieron la tragedia del holocausto que estuvo a punto de extinguir a los gitanos. Acaso ninguno de ellos se percataba de que se hacía evidente que la música se sobrepone a la tragedia, y aun a la miseria, y que tiene el prurito de favorecer diálogos misteriosos.

 

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